María Gabriela Palomo
Doctora en Ciencias Biológicas y especialista en biodiversidad, ecología e impacto antrópico de áreas costeras y marinas. Investigadora independiente de CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales. Miembro del Comité asesor en Áreas Marinas Protegidas de la Administración de Parques Nacionales. Coautora de la evaluación global sobre biodiversidad de IPBES.

1.1 El reporte global de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos

RESUMEN EJECUTIVO

En este artículo se resume el trabajo de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés) de la evaluación global sobre la conservación de la naturaleza, sus contribuciones para el bienestar humano, y las alternativas de cambios transformadores para generar un futuro sostenible. Las tendencias negativas pueden ser revertidas solo con un cambio profundo sobre la percepción de la naturaleza en la gente y en la forma en que se utilizan los recursos.

Introducción

La naturaleza es indispensable no solo para la existencia humana sino también para su bienestar.  En un sentido amplio, la naturaleza involucra la diversidad de los organismos, los distintos ecosistemas y también los servicios o bienes que se desprenden de ella. El ser humano utiliza tanto materiales y alimentos como energía que surgen del planeta en cada espacio disponible, ya sea marino, terrestre o aéreo. Pero esos recursos se ven cada vez más afectados, debido al uso no sostenible que se hace de ellos. La naturaleza no es capaz de recuperarse y la disminución de su diversidad de especies y de ambientes está poniendo en peligro las contribuciones para las generaciones futuras.

Los impactos antrópicos sobre la naturaleza se han visto acrecentados en los últimos cincuenta años, en parte por las actividades humanas y el incremento de la población global pero también debido a la crisis climática.  Esto genera la disminución de la variabilidad de comunidades, especies y ecosistemas; las especies se parecen entre sí con menor diversidad biológica, y los ecosistemas se hacen más similares entre sí, con pérdida de especies nativas y agregado de especies exóticas. A su vez, esta disminución en la variabilidad aumenta la susceptibilidad a los cambios climáticos y disminuye las probabilidades de supervivencia ya sea de las especies como de los ecosistemas.

La tendencia negativa del estado de la naturaleza y sus contribuciones al ser humano no ha podido ser revertida. Se han planteado desde organizaciones internacionales, nacionales y locales, públicas y privadas, numerosos caminos para poder salir de esta tendencia, sin embargo, no se ha logrado ser efectivo en el cambio. La evaluación global de IPBES sobre biodiversidad y servicios ecosistémicos ha analizado de qué manera se ha progresado en los objetivos planteados globalmente para conservar la biodiversidad y sus servicios ecosistémicos. Impulsa un cambio transformador que abarca metas sociales como la alimentación, la energía y la salud y metas de conservación de la naturaleza como la mitigación del cambio climático y el uso sostenible. Se propone un cambio estructural, urgente y eficiente con el apoyo de los individuos, de las sociedades en conjunto y de los pueblos indígenas, nuevos marcos de inversiones e innovación del sector privado, gestión inclusiva y cooperación internacional. En este artículo se resumen los principales mensajes, antecedentes y enfoques para impulsar ese cambio transformador para un planeta sostenible.

El marco conceptual

IPBES surge a partir de las iniciativas Evaluación de los Ecosistemas del Milenio y el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), como una organización intergubernamental independiente con el objetivo de “fortalecer la interface científico-política para biodiversidad y servicios ecosistémicos, para la conservación y uso sostenible de la biodiversidad, el bienestar humano a largo plazo y el desarrollo sostenible”1. Para ello se convocó a expertos de distintas disciplinas científicas, ciencias naturales, sociales, de la ingeniería y la economía, así como a representantes de los gobiernos, sociedades civiles y diferentes sistemas de conocimiento. Propone de esta manera abarcar la mayor cantidad de criterios y aspectos posibles, de forma de poder llevar a todos los países soluciones posibles en función a sus particularidades.

El marco conceptual consiste en seis elementos que representan los distintos aspectos en los que se relacionan la naturaleza y el ser humano (Figura 1). Los distintos colores dentro de cada elemento representan los diferentes sistemas de conocimiento. Naturaleza en el contexto de IPBES se refiere al mundo natural y en el contexto científico incluye la biodiversidad de especies, ecosistemas y biocultural, y también los recursos naturales como el agua, las reservas fósiles y minerales. En otros sistemas de conocimiento, la naturaleza es concebida como Madre Tierra, o tien-ti, que significa Cielo y Tierra para el Taoísmo. Como activos antropogénicos se entiende aquello construido por el ser humano, ya sea conocimiento, educación, infraestructura o tecnología. Se refiere a aquello construido por las sociedades y que contribuye al bienestar humano. Los beneficios de la naturaleza a las personas corresponden a todo aquel bien o servicio que brindan los ecosistemas o especies y que aportan al bienestar humano, aunque también se incluyen aspectos negativos como plagas. Las instituciones y gobernanza abarcan de qué manera se accede a los componentes de la naturaleza. Esto es propio de cada sociedad, que tiene un sistema interno para el acceso a estos y otros recursos. Como impulsores de cambio o causas naturales y antropogénicas se refiere a los factores de la naturaleza o externos a ella y que la afectan, así como a otros elementos como los activos antropogénicos. Estas causas, si son naturales, pueden ser terremotos, sequías, inundaciones o de origen antrópico como la deforestación, contaminación e incluso el cambio climático, como impulsores negativos, o la restauración del hábitat o el manejo de áreas protegidas, como impulsores positivos. Finalmente, una buena calidad de vida tiene que ver con vivir de forma plena, lo cual varía dependiendo de la sociedad en la que estemos, pero que para todos involucra una alimentación saludable, seguridad, salud, educación y libertad para desarrollarse cultural y religiosamente. Involucra no solo los aspectos económico-sociales sino los espirituales (Díaz et al., 2015). Una medida de los valores espirituales es el índice de felicidad de las Naciones Unidas, en el que se compara el Producto Bruto Interno (PBI), la esperanza de vida saludable y el apoyo social como parámetros principales. Los 11 primeros países corresponden a aquellos con una calidad de vida alta, como Finlandia, Dinamarca y Noruega. En el caso de Argentina, en 2018 ocupaba el puesto 28 y en 2019 ocupó el puesto 47, reflejando que los parámetros son muy sensibles a los factores económico-sociales.

Además de los seis elementos, el marco conceptual contempla las relaciones que se dan entre ellos, siendo algunas de mayor relevancia que otras. Por ejemplo, las instituciones y los sistemas de gobernanza afectan directamente los beneficios de la naturaleza a las personas y a su vez contribuyen a la calidad de vida o al bienestar de las personas.

Finalmente, este marco conceptual puede ser aplicado en distintas escalas geográficas y temporales. Su desarrollo es importante para la aplicación de políticas que mejoren no solo la calidad de vida de las personas, sino la sustentabilidad de los servicios que la naturaleza brinda.

 

Figura 1: Marco Conceptual de IPBES. La figura procede del informe de IPBES (Díaz et al., 2019b)

 

¿En qué situación se encuentra la naturaleza y su relación con el ser humano?

La población humana ha crecido desde los años 50 en forma exponencial, aumentando de 2600 millones a 7700 millones de personas en 2019. Se estima que para 2050 la población humana mundial llegará a los 9700 millones2. Si bien la naturaleza ha incrementado las contribuciones a las personas, ya sea alimentos, materiales o energía, el crecimiento de la población humana es tan importante que estas contribuciones se están deteriorando (Figura 2). De las 18 contribuciones principales analizadas a nivel global, 14 muestran una tendencia de disminución. Esto involucra cada vez menor sustentabilidad. El efecto de la pérdida de hábitats costeros incrementa el riesgo para las poblaciones frente a tormentas e inundaciones. La degradación de tierras y hábitats para agricultura disminuye las posibilidades de polinización y dispersión de semillas. Así, al incrementarse la población se utilizan mayores recursos, con un mayor impacto sobre las contribuciones que la naturaleza puede proveer, con la consiguiente disminución de su potencial recurso.  Incluso, la disminución de estas contribuciones también afecta negativamente la provisión de otros recursos.  Si se incrementa la provisión de comida, se disminuye la proporción de áreas naturales, y por lo tanto disminuyen los recursos genéticos, las contribuciones como aprendizaje e inspiración, la supervivencia de especies, etc.

La influencia de la humanidad en la vida sobre la Tierra ha modificado los ecosistemas naturales en proporciones alarmantes: el 70% de la superficie terrestre y el 66% de la superficie oceánica. La pérdida de bosques sin presión humana (intactos) fue del 7% sólo entre el año 2000 y 2013. Solo el 13% de los humedales, reservorios de agua dulce, que existían en 1700 se conservaban en el año 2000. Los ambientes costeros, que son los más densamente poblados, son los más afectados, ya sea por el asentamiento de poblaciones humanas, por las acciones que esta población ejerce o por la interacción con el cambio climático, como es el caso de los corales que se estima que se perderán a finales de este siglo si no se logra mitigar los efectos de cambio climático. Las transformaciones de los hábitats del planeta tienen como consecuencia directa cambios en la diversidad de especies. Las comunidades funcionan y se mantienen en base a las características fisicoquímicas del lugar, a las condiciones ambientales y a las interacciones entre los organismos que cohabitan el espacio. Los cambios en alguna o en varias de estas condiciones generan cambios en los otros componentes del sistema. Así, la introducción de especies exóticas puede llevar a la extinción local de algunas especies o al incremento en abundancia de otras. En este último siglo, el 20% de las especies del mundo se ha perdido y se estima que el número de especies en peligro de extinción es de un millón entre plantas y animales (Figura 3). Las especies silvestres disminuyen a tasas más altas que durante la extinción masiva del final del Pleistoceno. La biomasa total de peces comerciales ha disminuido 2/3 en los últimos 100 años, 705 vertebrados y 571 especies de plantas se han extinguido desde el año 1500 debido a las actividades humanas. También las especies domésticas se han perdido, ya sea porque han cambiado las costumbres de alimentación o porque la variabilidad genética de las especies ha disminuido tanto que se ha generado su extinción. El 10% de las razas de mamíferos domésticos se han registrado como extintas. Incluso, en tierras de pueblos indígenas o comunidades locales la variedad genética de sus especies domésticas y silvestres ha disminuido.

Por último, pero no menos importante, debido a la actividad antrópica, muchas especies han evolucionado rápidamente. Así, los peces expuestos a una fuerte pesca comercial ahora maduran más rápidamente y alcanzan la madurez reproductiva con menor tamaño. Los mosquitos desarrollan resistencia a insecticidas en menor tiempo. Es esencial en estos casos tomar medidas políticas que desaceleren el ritmo de la evolución, medidas que ralenticen los procesos evolutivos. Por ejemplo, en el caso de los peces, se puede limitar el tamaño de las capturas. Las decisiones de gestión pueden incluso frenar estos cambios y mantener la capacidad evolutiva de las poblaciones naturales.

Figura 2: Tendencias mundiales en los últimos 50 años de la capacidad de la naturaleza para contribuir a una buena calidad de vida. La figura procede del informe de IPBES (Díaz et al., 2019b)

 

Figura 3 A) Porcentaje de especies en peligro de extinción por grupos taxonómicos evaluados por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). (B) Extinciones desde 1500 para grupos de vertebrados. (C) Índice de la Lista Roja de disminución de supervivencia de distintos grupos taxonómicos.  Un valor de 1 equivale a que todas las especies están catalogadas como de preocupación menor; un valor igual a cero corresponde a todas las especies clasificadas como extinguidas. Los datos de todos los grupos proceden de www.iucnredlist.org. La figura procede del informe de IPBES (Díaz et al., 2019b)

 

Identificación de los impulsores directos e indirectos del cambio

Está bien establecido que actualmente el ser humano modifica los ambientes terrestres y acuáticos más que en toda la historia de la humanidad y produce más desechos que nunca. Se han identificado impulsores directos e indirectos que generan la transformación y el cambio de los ambientes. Los de mayor importancia a nivel global son el cambio en el uso de la tierra y el océano, la explotación directa de organismos, el cambio climático, la contaminación y las especies exóticas invasoras (Figura 4).

El cambio en el uso de la tierra es el impulsor que más incidencia ha tenido en la pérdida de biodiversidad. Por ejemplo, se han perdido 100 millones de hectáreas de bosque tropical entre  1980 y 2000, debido al uso de la tierra para la explotación agrícola y ganadera. Las áreas urbanas que reemplazan ecosistemas intactos se han duplicado en los últimos 25 años. La explotación directa de materiales u organismos ascendía a 60 mil millones de toneladas de recursos renovables y no renovables (plantas, animales, minerales, agua, etc.) en 1980 y continúa creciendo. Todas estas actividades han generado un incremento de emisión de gases de efecto invernadero y, como consecuencia, un incremento en la temperatura de aproximadamente 0,7 °C a nivel global. Otra consecuencia de las actividades de explotación es la contaminación, que se da principalmente en los ríos y océanos. La cantidad de plásticos en los océanos se ha decuplicado desde 1980. Por último, las especies invasoras han sido también impulsores de extinciones locales o globales de muchas especies.

En los océanos el impulsor con mayor influencia en la pérdida de biodiversidad es la pesca, ya sea a nivel industrial o a pequeña escala. A pesar de innumerables esfuerzos internacionales por legislar e implementar medidas de manejo y conservación de pesquerías, una proporción cada vez mayor de especies de peces comerciales son objeto de captura excesiva. El segundo impulsor con mayor influencia es el cambio en el uso de la tierra y el mar. Tanto el uso de regiones costeras como áreas de asentamientos poblacionales, como la contaminación generada en el uso de tierras con fines agrícolas y el cambio en el uso de los fondos marinos para minería o de las aguas costeras para maricultura han generado acidificación de las aguas oceánicas y altas concentraciones de metales pesados, fertilizantes y materia orgánica en aguas continentales.

El uso indebido insostenible de los recursos está sostenido por impulsores indirectos (Figura 4). La población humana se ha duplicado desde 1970 a la actualidad, de manera desigual entre los países, así como la distribución de recursos económicos y tecnológicos. Muchas poblaciones en regiones como África y Asia sufren deficiencias alimentarias, de seguridad y en la atención de su salud. Si bien la gobernanza ha realizado esfuerzos con el fin de promover la valorización de las contribuciones de la naturaleza al ser humano y una mejor distribución de los recursos de forma sostenible, no ha sido suficiente para revertir las tendencias negativas tanto en el uso de los recursos como en la desigualdad entre países.

En las comunidades locales o indígenas, a pesar de que en general la gestión de los pueblos ha sido siempre contemplando la naturaleza, el escenario no es mejor. El 72% de las comunidades muestran una tendencia negativa en la conservación de la biodiversidad. Esta tendencia negativa tiene que ver con una sinergia entre menor disponibilidad de recursos, disminución de especies importantes para ellos, el cambio climático y las especies invasoras.

 

Figura 4: Impulsores directos e indirectos de cambio que generan el deterioro de la naturaleza. Las causas subyacentes que influyen sobre los impulsores directos pueden ser demográficas (por ejemplo, la dinámica de la población humana), socioculturales (por ejemplo, patrones de consumo), económicas (por ejemplo, el comercio), tecnológicas o relacionadas con instituciones, gobernanza, conflictos y epidemias.  Las franjas de colores representan las repercusiones relativas a escala mundial de los impulsores directos (de arriba abajo) sobre la naturaleza en ecosistemas terrestres, de agua dulce y marinos. La figura procede del informe de IPBES (Díaz et al., 2019b)

 

Objetivos Aichi y de desarrollo sostenible, la visión 2050

En 2010 la Conferencia de las Partes (COP) del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) formuló 20 metas enmarcadas en las Estrategias y Planes de acción para la conservación de la biodiversidad. Estas metas, denominadas de Aichi, se enmarcaron en 5 objetivos principales: abordar los impulsores subyacentes, reducir las presiones directas, mejorar el estado de la diversidad biológica, mejorar los beneficios para todos y mejorar la aplicación de los planes de acción. La evaluación de 2019 mostró que sólo en 4 metas se ha logrado un buen progreso, en 7 se ha logrado un progreso moderado y en 9, muy poco progreso. En relación a la meta 11, que propone la creación de áreas protegidas, los países lograron conservar 14,9% de las áreas terrestres y acuáticas y el 7,66% de las áreas marinas lo cual representa un alto porcentaje de cumplimiento en función de lo propuesto. También hubo buen progreso en las acciones necesarias para evitar las invasiones de especies exóticas (meta 9), así como para la meta 16, que propuso que para 2015 estuviera en vigor y en funcionamiento el Protocolo de Nagoya sobre acceso a los recursos genéticos y participación justa y equitativa en los beneficios que se deriven de su utilización, y para la meta 17 en el desarrollo de estrategias y planes de acción para la conservación de la biodiversidad. No ha habido buen progreso en abordar los impulsores ni en reducir las presiones, lo que se ve reflejado en las tendencias negativas analizadas anteriormente en el texto.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas son en muchos casos dependientes del agua, el clima, la biodiversidad y los océanos. En todos estos objetivos no se han encontrado avances suficientes, si bien en algunos el progreso ha sido mixto. Por ejemplo, el objetivo de mantener la diversidad genética de plantas cultivadas y animales de granja, promover la conservación de los ambientes y proteger el océano ha tenido un apoyo parcial (Díaz et al., 2019a).

Para lograr un mayor avance en las Metas de Aichi, en los ODS y en la Visión 2050 del CDB (vivir en armonía con la naturaleza), es necesario incorporar como tema central el cambio climático, ya que la mayor parte de los escenarios futuros de la naturaleza muestran una disminución importante en la diversidad biológica y como consecuencia en las contribuciones de la naturaleza al ser humano directamente relacionada al cambio climático. Sin embargo, la demanda de la humanidad aumentará, previendo un aumento poblacional en 2000 millones de personas para 2050. Escenarios futuros de la naturaleza basados en el uso sostenible muestran sin embargo que las tendencias negativas pueden ser revertidas.

Los cambios transformadores

Con el fin de alcanzar los objetivos sostenibles y generar un mundo basado en el uso sostenible de las contribuciones de la naturaleza es necesario realizar cambios transformadores. Cambios de rumbo en las poblaciones, en las instituciones y en la gobernanza a nivel global. Estos cambios deben darse en los años próximos e involucran cambiar los hábitos no solo de uso de recursos sino también de mitigación del cambio climático. A corto plazo, 2030, se deberán cambiar las políticas y normas vigentes que perjudican la sostenibilidad. A largo plazo, 2050, el cambio deberá ser intersectorial y a escala local, regional y global. La propuesta de cambio transformador comienza con una gobernanza integradora, incorporando todos los sectores gubernamentales; inclusiva, teniendo en cuenta la pluralidad de valores; utilizando estrategias innovadoras en la producción de conocimientos y desde un enfoque adaptativo que ayude a adoptar decisiones en contextos de incertidumbre. Los cambios o puntos de apoyo sobre los que actúa la gobernanza son: 1. Aceptar conceptos diversos de una buena vida, 2. Reducir el consumo total y los desechos, 3. Desatar valores y fomentar acciones, 4. Reducir las desigualdades, 5. Practicar la justicia y la inclusión en la conservación, 6. Internalizar los efectos externos del comercio y el tele-acoplamiento, 7. Garantizar tecnologías, innovaciones e inversiones respetuosas con el ambiente y 8. Promover la educación, la promoción y la transmisión del conocimiento. Estos cambios abarcan todos los aspectos de la vida del ser humano y su interacción con la naturaleza, y conllevan al bienestar y la buena vida. Para que se pueda lograr esta transformación son necesarios no sólo cambios en la gobernanza sino cambios individuales y fundamentalmente mayor equidad en la disponibilidad de las contribuciones de la naturaleza.

Desde IPBES hay varias propuestas en desarrollo con el objetivo de generar escenarios posibles de la naturaleza (Rosa et al., 2017). Esta propuesta se basa en tomar a la naturaleza (y no al ser humano) como centro y desde tres aspectos distintos. La naturaleza para la naturaleza donde la conservación de la diversidad es lo más importante, la naturaleza para la sociedad, donde hay una optimización en el uso de recursos y, por último, la naturaleza como cultura, en donde el ser humano es parte integral de la naturaleza y donde se valoriza la relación recíproca entre ésta y la gente.

Otras ideas y desarrollos como la economía circular creada por Ellen Mac Arthur, una empresaria y deportista de élite, proponen maximizar el valor de los materiales, disminuyendo la utilización de nuevos materiales, reciclando los que actualmente están en uso y disminuyendo a su vez los desechos.

Los siguientes cuatro principios son la base del capitalismo natural:

  1. Incrementar radicalmente la productividad de los recursos naturales. A través de cambios radicales en el diseño, la producción y la tecnología, los recursos naturales podrían durar mucho más de lo que lo hacen actualmente. El ahorro resultante en términos de costos, inversión de capital y tiempo, ayudará a implementar los otros principios.
  2. Cambiar a modelos y materiales de producción inspirados biológicamente. El capitalismo natural busca eliminar el concepto de desperdicio al modelar sistemas de producción de ciclo cerrado en diseños basados en la naturaleza, donde cada producto se devuelve inocuo al ecosistema como un nutriente o se convierte en insumo para otro proceso de manufactura.
  3. Avanzar hacia un modelo de negocio basado en “servicio y flujo”. Brindar valor a partir de un flujo continuo de servicios en lugar del modelo tradicional de venta de bienes, ayuda a alinear los intereses de los proveedores y clientes de una manera que recompensa la productividad de los recursos.
  4. Reinvertir en el capital natural. A medida que aumentan las necesidades humanas y la presión sobre el capital natural, incrementa la necesidad de restaurar y regenerar los recursos naturales.

Estos dos ejemplos son parte de los cambios transformadores que podrían llevarse a cabo para revertir las tendencias negativas actuales. Es esencial sin embargo el cambio a nivel social, que las personas en todo el mundo tengan la información y sean conscientes de los cambios necesarios. Es la gente la que puede generar este cambio, que luego pueda ser acompañado por las medidas políticas necesarias.

Bibliografía:

Díaz, S., Demissew, S., Carabias, J., Joly, C., Lonsdale, M., Ash, N., et al. (2015) The IPBES Conceptual Framework—connecting nature and people. Current Opinion in Environmental Sustainability14, 1-16.

Díaz, S., Settele, J., Brondízio, E. S., Ngo, H. T., Agard, J., Arneth, A., y Garibaldi, L. A. (2019a) Pervasive human-driven decline of life on Earth points to the need for transformative change. Science366 (6471).

Díaz, S., Settele, J., Brondízio, E. S., Ngo, H. T., Agard, J., Arneth, A., y Garibaldi, L. A. (2019b) Resumen para los encargados de la formulación de políticas del informe de la evaluación mundial de la diversidad biológica y los servicios de los ecosistemas de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas. IPBES.

Rosa, I. M., Pereira, H. M., Ferrier, S., Alkemade, R., Acosta, L. A., Akcakaya, H. R., Palomo, M. G. et al. (2017). Multiscale scenarios for nature futures. Nature Ecology & Evolution1(10), 1416-1419.

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