Daniela Keesler
Centro de Tecnologías Ambientales y Energía, Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
Gabriel Blanco
Centro de Tecnologías Ambientales y Energía, Facultad de Ingeniería, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires

1.3 ¿Estrategias de descarbonización o estrategias de desarrollo?

RESUMEN EJECUTIVO

Las causas de la crisis climática responden de manera irrefutable a la acción del ser humano y sus actividades productivas. En caso de seguir la tendencia actual, entre 2030 y 2040 la temperatura media global sobrepasará en 1,5°C los niveles preindustriales, un incremento que los científicos identifican como un punto de no retorno.

A nivel global, las emisiones de gases de efecto invernadero provienen en más de un 70% del uso de combustibles fósiles, el resto proviene de las actividades agrícolas y ganaderas, y de la deforestación asociada a estas actividades. Debido al uso masivo de combustibles fósiles, la producción de bienes y servicios se divorció de los ciclos naturales que impone nuestro planeta, generando así la ilusión de un crecimiento económico y material ilimitado.

Es por eso que cualquier estrategia para reducir emisiones de gases de efecto invernadero, además de atender aspectos económicos y tecnológicos, deberá transformar aspectos sociales y culturales más profundos, es decir, deberá redefinir un modelo de desarrollo.

El cambio climático: una crisis global común

El cambio climático se convirtió en crisis climática y, según se mire, en una oportunidad única. Las observaciones que se realizan desde hace décadas muestran un incremento consistente de la temperatura media global del planeta, un aumento en el nivel del mar, y el derretimiento de glaciares y otras masas de hielo continentales, entre otros fenómenos. A esto se suman una cantidad de eventos climáticos extremos como huracanes, sequías, inundaciones y olas de calor que se dan con frecuencias e intensidades nunca antes registradas en la historia de la humanidad y que empiezan a causar estragos en comunidades y países enteros. Fenómenos y eventos climáticos que ya estamos sufriendo también en la Argentina de manera sostenida desde hace un tiempo.

Las causas de esta crisis responden de manera irrefutable a la acción del ser humano y sus actividades productivas que liberan emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera.  Los resultados presentados en los últimos informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) así lo demuestran (IPPC, 2014).

Estos informes señalan que, en caso de seguir la tendencia actual, entre 2030 y 2040 la temperatura media global sobrepasará en 1,5°C los niveles preindustriales; un incremento de temperatura que los científicos identifican como un punto de no retorno, en el que ecosistemas naturales y humanos podrían transformarse de manera irreversible, convertirse en otra cosa o desaparecer. Una situación desconocida y ciertamente temible. De hecho, algunas de estas transformaciones han comenzado a tener efectos sobre la salud y la producción de alimentos, generando desplazamientos de personas y comunidades; las primeras migraciones motivadas por los impactos del cambio climático (Organización Internacional para las Migraciones, 2020).

Cómo llegamos hasta acá

Desde comienzos de la Revolución Industrial, y especialmente a partir de la posguerra en los años 50, los combustibles fósiles han hecho posible el crecimiento económico y el desarrollo de nuestra sociedad tal como la conocemos, una espiral creciente de extracción de recursos naturales, producción y consumo de bienes y servicios, acumulación de riqueza y finalmente su redistribución, cuando ésta ocurre. Una espiral que, además de degradar el capital natural del planeta, ha ido dejando contaminación e inequidades a su paso. Alguien podría sostener, y con razón, que este modelo también ha producido crecimiento económico y una cantidad de avances importantes en muchas disciplinas, e incluso en la calidad de vida para una parte de la población mundial; pero estos beneficios no llegaron a todos, ni a todos los países ni a toda la población dentro de cada país (Jackson, 2009).

A nivel global, las emisiones de GEI causantes del cambio climático provienen en más de un 70% del uso de combustibles fósiles, utilizados para la producción de la energía que usamos para cocinar, para iluminar, calentar y enfriar nuestras viviendas, para trasladarnos, y para producir todo lo que consumimos, desde los teléfonos inteligentes hasta la ropa que vestimos. El resto de las emisiones provienen de las actividades agrícolas y ganaderas que producen alimentos, y de la deforestación asociada a estas actividades (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 2019).

En Argentina, la situación está más repartida: el 53% de las emisiones de GEI provienen de la explotación y uso de combustibles fósiles, mientras que el 37% son generadas por la actividad ganadera, la agricultura basada en agroquímicos, y la deforestación de bosques nativos asociada a estas actividades. Algunos procesos industriales y el manejo de los residuos generan el resto (Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación [SAyDS], 2019).

Gracias a la explotación y uso masivo de los combustibles fósiles, primero del carbón y luego del petróleo y el gas natural, la producción de bienes y servicios se divorció de los ciclos naturales que impone nuestro planeta, con sus cuatro estaciones, sus días y sus noches, generando así la ilusión de un crecimiento económico y material ilimitado, paradigma de desarrollo que nos acompaña desde la Revolución Industrial (Rifkin, 1980).

Petróleo en nuestras venas

Entender esta separación entre crecimiento económico y ciclos naturales causada por el uso de los combustibles fósiles nos permite entender qué pasó desde la Revolución Industrial hasta aquí, y la encrucijada en la que nos encontramos como sociedad global.

Los antropólogos saben que el desarrollo de las culturas está estrechamente asociado a los recursos naturales que las sociedades tienen a disposición en un momento y lugar determinados. Los combustibles fósiles, un recurso energético conformado y almacenado durante siglos en las profundidades de la Tierra, permitieron que ese crecimiento económico y material se produjera independientemente de los ciclos naturales; sin la necesidad de esperar que saliera el sol, que soplara el viento, que volvieran a crecer los bosques, o que los suelos se regeneraran (Harris, 1986).

Este hecho se trasladó de forma más o menos rápida a otros aspectos de nuestras vidas. Así, independiente de los ciclos naturales, es como entendemos el desarrollo de una sociedad, y también el desarrollo personal: una sucesión de hechos en una trayectoria lineal y creciente de acumulación de bienes materiales, de riqueza o de poder (Jackson, 2009). Y también de satisfacciones inmediatas; sería impensable hoy en día que llegara la hora del programa favorito de televisión y que el aparato de TV no encendiera porque no hay sol, o viento, o madera disponible para generar la energía que ese aparato necesita para funcionar. El petróleo corre por nuestras venas, y la pregunta es cómo hacemos para descarbonizar nuestra economía, que es lo mismo que “descarbonizarnos”. El desafío es enorme, y más que eso. Ni siquiera es una cuestión tecnológica, eso sería más o menos sencillo, es una transformación cultural la que tenemos por delante.

Atrapados en el sendero fósil

Es sabido que, una vez que una sociedad decide, por el motivo que sea, adoptar y basar su desarrollo en ciertos recursos naturales, se desencadenan una serie de transformaciones para que el uso de esos recursos se difunda y llegue a cada sector de esa sociedad. Esto implica el desarrollo de infraestructura para la extracción de esos recursos, para su transformación, su transporte y distribución. Finalmente también se asocian al aprovechamiento de los recursos disponibles, las tecnologías para su uso y consumo final.

En particular, para los recursos energéticos esta secuencia es muy clara. El petróleo y el gas, los recursos energéticos predominantes en el mundo y también en nuestro país (Secretaría de Energía, 2018), requieren de equipamiento para su extracción, refinerías para su tratamiento, oleoductos y gasoductos para su transporte, centrales térmicas para transformarlos en energía eléctrica, líneas de transporte, y sistemas de acondicionamiento e instalaciones para su distribución final. Luego serán el automóvil con motor a combustión, los calefactores de tiro balanceado, los electrodomésticos, entre muchas otras, las tecnologías especialmente pensadas para permitirnos el uso final de esos recursos energéticos.

Los recursos, la infraestructura y las tecnologías asociadas nos dejan así atrapados en senderos de desarrollo de los que se hace difícil salir; un fenómeno bien conocido y ampliamente analizado en la literatura científica (Liebowitz y Margolis, 1995). Asociados a estos senderos surgen instituciones, conocimiento, capacidades, empleos, y activos varados que se suman a las costumbres y prácticas originadas a partir del uso de estos recursos y sus tecnologías (Banco Interamericano de Desarrollo [BID], 2019). Salir de estos senderos de desarrollo es muy complejo, aun cuando existen otros, basados en recursos que demuestran ser mejores en materia económica, ambiental y social.

Comprender estos procesos permite entender por qué las políticas públicas para combatir el cambio climático apenas intentan cambios casi cosméticos dentro de los senderos ya establecidos.

La respuesta tecnológica

En el mundo científico, pero también en la política, hay dos corrientes que postulan posiciones encontradas respecto del rol de la innovación y la tecnología. Una discusión que se remonta a fines del siglo XVIII, cuando Thomas Malthus pronosticaba una catástrofe alimentaria sosteniendo que la tasa de aumento de la población era considerablemente mayor a la tasa de aumento de la producción de alimentos (Malthus, 2000). Los críticos de Malthus sostenían que en esa afirmación no se tenía en cuenta el desarrollo tecnológico que permitiría salvar ese problema.

Con el tiempo esta discusión derivó en la controversia de si los cambios tecnológicos permitirán salvar la brecha creciente entre la producción y el consumo de bienes y servicios para una población en crecimiento y los recursos finitos, energéticos y otros, de los que dispone el planeta.

Lo que muestra la historia no es promisorio en este sentido. Cuando se analizan, por ejemplo, las emisiones de GEI generadas por el uso de combustibles fósiles durante el último medio siglo, se puede observar que todas las mejoras realizadas en materia tecnológica que permitieron una reducción notable en la cantidad de energía utilizada por cada bien o servicio producidos, no alcanzó para contrarrestar los crecimientos combinados de población y de consumo per cápita de esos bienes y servicios. Como resultado, las emisiones de GEI siguieron creciendo a pesar de esas mejoras tecnológicas (Blanco et al., 2014). Aquí se podría argumentar que si se redujera el uso de combustibles fósiles entonces sí se lograría una reducción en las emisiones. Pero el análisis no terminaría allí, porque la producción creciente de bienes y servicios no sólo impacta en los recursos energéticos y en las emisiones de GEI, sino también en otra cantidad de recursos naturales y servicios ecosistémicos que se utilizan, o se degradan, o se contaminan en esa producción, entre ellos el agua, el suelo, el aire, la biodiversidad, los bosques nativos y los múltiples minerales que se extraen de la Tierra. Esto pone en cuestión algunas propuestas sobre el uso de otras tecnologías bajas en carbono como la nuclear o las grandes represas hidroeléctricas, y otras aún más extremas como la captura y almacenamiento de carbono o la geoingeniería. El cambio climático es un síntoma entre muchos de un problema más profundo.

Para intentar explicar esto se debe mencionar un fenómeno que ocurre con los cambios tecnológicos, conocido en el mundo científico pero poco discutido en la esfera política: el “efecto rebote” (Barker et al., 2009). Este fenómeno, planteado inicialmente por William Jevons a mediados del siglo XIX, muestra que a lo largo de la historia los cambios tecnológicos no han logrado la reducción del uso de recursos naturales ni de otros impactos, prevista originalmente en el momento en que las nuevas tecnologías se piensan, se desarrollan y se implementan (Sorrell, 2007). En algunos casos, las nuevas tecnologías, así como los procesos de producción y consumo, y hasta los cambios culturales que estas tecnologías disparan, terminan utilizando más recursos que los que se utilizaban antes de la llegada de la nueva tecnología. El motivo es simplemente que los cambios tecnológicos que permiten producir de manera más eficiente y con menores costos, terminan promoviendo un mayor consumo de esos bienes y servicios, aumentando la rentabilidad de los poseedores de las nuevas tecnologías (Blanco et al., 2014). Para evitar esta consecuencia sería imprescindible la intervención del Estado a través de políticas públicas, pero como hay un aumento en la rentabilidad de por medio, esas políticas nunca llegan.

La discusión iniciada por Malthus, continuada de alguna manera por Jevons, y que llega hasta el presente a través del “efecto rebote”, abre la discusión sobre el rol de la innovación y de la tecnología en la solución a los problemas socioambientales, y en particular a la crisis climática.

Posibles escenarios de descarbonización profunda para la Argentina

En el transcurso de 2019, el Centro de Tecnologías Ambientales y Energía (CTAE) de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires (UNICEN), en colaboración con la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), desarrolló una serie de escenarios energéticos que permitirían llegar sin emisiones en este sector al 2050, con el objetivo de evaluar los requerimientos en materia tecnológica de ese objetivo.

De las múltiples posibilidades para alcanzar emisiones cero, se adoptaron tres escenarios de referencia: el primero basado en la electrificación de la demanda, fundamentalmente en el transporte; el segundo basado en la producción y el uso de hidrógeno, principalmente para el transporte; y el tercero basado en biocombustibles, también para el transporte. En los tres casos se consideró una demanda residencial totalmente electrificada y eficiente para 2050, así como la producción y el uso de hidrógeno para el reemplazo de combustibles fósiles en la industria.

Para los dos primeros escenarios, los resultados obtenidos muestran que la potencia total instalada para la generación eléctrica y la producción de hidrógeno debería incrementarse entre 50 y 60 veces para 2050 con respecto a la existente en 2019; considerando, además, que la potencia instalada deberá ser 100% renovable.

Para el caso del escenario basado en biocombustibles, además del incremento en la potencia total instalada apenas inferior a la de los otros escenarios, se deberá considerar un aumento de 740% en la superficie sembrada con cultivos destinados a la producción de biocombustibles con respecto a la superficie destinada en 2019, algo más que toda la superficie destinada actualmente a la agricultura.

Si bien se podría pensar en múltiples combinaciones entre estos escenarios, los resultados del ejercicio muestran la magnitud del desafío que significa la eliminación de los combustibles fósiles de nuestra matriz energética para llegar a emisiones cero en 2050.

Pero las emisiones de la Argentina no sólo provienen del uso de los combustibles fósiles, sino también de la agricultura, la ganadería y la deforestación de bosques nativos. En este caso, los escenarios de referencia que se evaluaron sólo muestran los incrementos en las áreas que deberían destinarse, en un caso, a los bosques nativos, y en otro, a los bosques cultivados, para alcanzar emisiones cero en este sector en 2050, considerando en ambos casos que las tendencias actuales en materia agrícola y ganadera continuarán como hasta ahora.

Los resultados muestran que si se pretende llevar las emisiones del sector a cero mediante bosques nativos, entonces el área destinada a ellos debería incrementarse en un 460%, alcanzando un total de 7,8 millones de hectáreas. Mientras que si se hiciera mediante bosques cultivados, entonces el incremento del área destinada debería crecer casi un 200%, alcanzando un total de 83 millones de hectáreas. Estos valores podrían cambiar en caso de combinar el crecimiento de bosques tanto nativos como cultivados con acciones de mitigación en materia agrícola y ganadera; las posibles combinaciones son ilimitadas. Nuevamente, el ejercicio muestra la magnitud del desafío.

Elementos a considerar en una estrategia de descarbonización

Lo presentado hasta aquí demuestra que cualquier estrategia que se quiera desarrollar e implementar para reducir las emisiones de GEI será compleja y deberá atender aspectos económicos y tecnológicos, pero también sociales y hasta culturales. Y deberá hacerlo con una mirada integradora, y de forma multidisciplinaria y participativa.

Una estrategia de este tipo debería ser capaz de abordar cuestiones tales como el financiamiento de las acciones que hagan falta así como los distintos instrumentos de política económica para promover los cambios; la transición de amplios sectores del trabajo hacia nuevos empleos permitiendo una mejora en las capacidades y en la calidad de vida de los involucrados. También debería abordar cambios en el sistema educativo y en el de ciencia y tecnología para que ambos puedan acompañar las transformaciones necesarias en todos los sectores de la vida económica y productiva. Y finalmente, debería revisar el marco normativo para que las transformaciones tengan el sostén legal para que puedan realizarse.

En la Argentina, una estrategia de descarbonización debería promover, en primer lugar, el uso racional y eficiente de la energía, la electrificación de la demanda de energía donde sea posible y la producción de electricidad a partir de energías renovables. Este uso racional y eficiente de recursos debe implicar la transformación modal del transporte en beneficio de lo público y no motorizado, para luego pensar en una transformación tecnológica hacia vehículos eléctricos o a hidrógeno. En materia de usos del suelo, la estrategia debería contemplar una revisión profunda de las prácticas agrícolas y ganaderas y de los paquetes tecnológicos utilizados en el sector. En lo que hace a los bosques nativos, se debería comenzar con la reforestación de lo ya perdido, y la protección y regeneración de los múltiples servicios ecosistémicos que los bosques brindan.

Una estrategia de descarbonización debería correrse del análisis costo-beneficio como único indicador para la toma de decisiones, y empezar a integrar otros aspectos socioeconómicos y socioambientales de difícil o imposible monetización, como la disminución de accidentes y menores impactos en la salud por contaminación del aire que tendría un sistema de movilidad más sustentable, o los impactos positivos en materia de empleo, fortalecimiento de capacidades y de independencia energética que tendría el desarrollo de energías renovables mediante tecnologías locales. Esto permitiría una mirada diferente sobre las posibles intervenciones del Estado para priorizar unas acciones sobre otras mediante esquemas tributarios o sistemas de subsidios, planes estratégicos de I+D y de educación terciaria y universitaria que acompañen el proceso, entre otros.

La estrategia también debería atender posibles impactos negativos sobre los consumidores, los trabajadores y las empresas por una reducción de las actividades económicas que generen emisiones, como la producción de combustibles fósiles o la producción ganadera, afectando empleos y hasta modos de producir y consumir. Y también debería atender la sustentabilidad fiscal de estas reformas, como la adopción de vehículos eléctricos que reduciría los ingresos por impuestos sobre la nafta y el gas-oil. Por otro lado, la eliminación de subsidios podría generar un incremento abrupto de precios, perjudicando a los consumidores de menores ingresos, afectando cadenas de valor o creando activos varados. Se deberán considerar estos desafíos para que la transición sea justa con los grupos más vulnerables de la sociedad. Es necesario anticipar, minimizar y compensar estos impactos a través de políticas públicas específicas y medidas complementarias.

La implementación de una estrategia de descarbonización de largo plazo deberá hacer frente a estos desafíos, y lo deberá hacer con la participación de todos los actores de la sociedad y atendiendo cada una de sus problemáticas si se pretende asegurar la sustentabilidad de las reformas.

No es la descarbonización, es el modelo de desarrollo

Una estrategia de descarbonización profunda de largo plazo debería decidir qué recursos naturales serán sostén del desarrollo, qué tecnologías e infraestructuras serán promovidas, qué bienes y servicios deberían ser priorizados, y cómo producirlos y distribuir los beneficios materiales de forma equitativa. Pero fundamentalmente, la estrategia debería ayudarnos a tomar decisiones en materia del consumo que hacemos como individuos y como sociedad, lo que lleva implícito una redefinición de los conceptos de bienestar y de prosperidad. Una estrategia que integre estos elementos más que una estrategia para reducir emisiones y mitigar el cambio climático será una estrategia para repensar el modelo de desarrollo que queremos.

Bibliografía:

Banco Interamericano de Desarrollo (BID), (2019) Stranded Assets: Implication of the Paris Agreement in Latin America. Climate Change Division. Discussion Paper No. IDB-DP-00699.

Barker, T. et al. (2009) The Macroeconomic Rebound Effect and the World Economy. Energy Efficiency.

Blanco, G. et al. (2014) Climate Change 2014: Mitigation of Climate Change. Cambridge, United Kingdom and New York, USA: Cambridge University Press. Recuperado de https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/2018/02/ipcc_wg3_ar5_chapter5.pdf

Harris, M. (1986) Caníbales y Reyes: Los Orígenes de las Culturas. Barcelona: Salvat Editores, S.A.

Jackson, T. (2009) Prosperity Without Growth: Economics for a Finite Planet. United Kingdom: Earthscan.

Liebowitz y Margolis (1995, abril) Path Dependence, Lock-in, and History. Journal of Law, Economics, & Organization, Vol. 11, No. 1, pp. 205-226.

Malthus, T. (2000) Primer Ensayo Sobre la Población (1798), Traducción de Patricio de Azcárate Diz. España: Alianza Editorial.

Organización Internacional para la Migración (2020) World Migration Report. Recuperado de https://publications.iom.int/

Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (2014) Synthesis Report of the Fifth Assessment Report. https://www.ipcc.ch/report/ar5/syr/. IPCC, (2018). Special Report on Global Warming of 1.5 °C: https://www.ipcc.ch/sr15/. IPCC, (2018). Special Report on Climate Change and Land. https://www.ipcc.ch/srccl/. IPCC, (2019). Special Report on Ocean and Cryosphere in a Changing Climate. Recuperado de https://www.ipcc.ch/srocc/

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP por sus siglas en inglés) (2019) Emissions Gap Report.

Rifkin, J. (1980) Entropy: Into the Greenhouse World. Foundation on Economic Trends.

Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación (SAyDS), (2019) Tercer Informe Bienal de Actualización.

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Sorrell, S. (2007) The Rebound Effect: An Assessment of the Evidence for Economy-wide Energy Savings from Improved Energy Efficiency. Sussex Energy Group for the Technology and Policy Assessment function of the UK Energy Research Centre.

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