María José Lubertino Beltrán
Abogada ecofeminista. Integrante de la Red de Defensoras del Ambiente y el Buen Vivir. Especialista en Derecho Ambiental (UBA). Profesora de Derechos Humanos, Principios de Derecho Constitucional y Derechos Humanos (UBA).

2.2 La ineludible agenda ecofeminista como política de Estado

RESUMEN EJECUTIVO

Con la convicción de que no hay justicia social sin justicia de género y justicia ambiental, aportamos en estas líneas a la construcción colectiva de una agenda que trascienda las coyunturas y los ciclos electorales y se convierta en una política de Estado.

Para eso, analizamos el papel de las mujeres en la defensa del ambiente y cómo el feminismo puede ayudar al ambientalismo a ecologizarse radicalmente. También la situación de las mujeres ante la existencia de Estados patriarcales extractivistas en los que la perspectiva de género está ausente, dentro y fuera de la política ambiental. Explicamos el ecofeminismo como movimiento social y político y como teoría y praxis, y sintetizamos las principales propuestas para el imprescindible cambio de paradigma que propiciamos.

Las mujeres en defensa del ambiente. El feminismo en apoyo del ecologismo

Las mujeres, junto con los niños y las niñas, somos víctimas de los más graves problemas ambientales y nuestro país, con mujeres al frente de todas las luchas de resistencia frente al extractivismo, no es la excepción (Merlinksy, 2013). América Latina es la región del mundo donde más mujeres y personas defensoras del ambiente son asesinadas (El País, 2018).

En Argentina, desde 1983, las mujeres, con sus reivindicaciones, contribuyeron a remodelar el Estado y, al calor de esos cambios, este movimiento luego devenido en feminismo, con un mayor bagaje teórico, no cesó de aportar a la deconstrucción de normas, políticas públicas y jurisprudencia consecuencia del sistema patriarcal y causa de su reproducción. Los cambios son más que evidentes. Pero queda mucho por hacer.

Feminismo y ecologismo han sido, en general, dos corrientes incomunicadas. Sin embargo, si analizamos  discursos y acciones de ambos movimientos, se observa una gran similitud; hay propuestas que se complementan, se nutren y, más aún, se necesitan para crear un nuevo paradigma, alternativo al modelo de sociedad de desarrollo dominante.

El ambientalismo -en particular el ecologismo- todavía no ha aprovechado muchas de las reflexiones teóricas del feminismo, y menos aún los aportes de la sabiduría popular de los pueblos originarios y de las normas del Buen Vivir1 que el movimiento plurinacional de mujeres viene recuperando y poniendo en valor. Hacerlo ayudaría a acelerar la transformación del Estado hacia posturas decididamente ecologistas no biologicistas ni esencialistas.

El movimiento de mujeres aporta claves para repensar la relación de la humanidad con la Naturaleza. Ser ecofeminista no implica afirmar que las mujeres estén de manera innata más ligadas a la Naturaleza y a la Vida que los varones. Aunque algunas teóricas así lo han visto, desde una perspectiva constructivista de la subjetividad de género podemos considerar que el interés que poseemos las mujeres por los temas ecológicos se vincula con la sensibilidad cultural y la necesidad de deconstrucción de las opresiones que sufrimos.

Situación de las mujeres, Estados patriarcales y ausencia de la perspectiva de género

Después de 100 años de historia del movimiento de mujeres, la masividad y efervescencia de las marchas en cientos de ciudades del planeta hoy interpelan a la humanidad. Asistimos a una renovada movilización de las mujeres por nuestros derechos y para cambiar un paradigma violento y de depredación.

Según ONU Mujeres, 740 millones de mujeres actualmente se ganan el sustento en la economía informal, con un acceso limitado a la protección social, los servicios públicos y la infraestructura.

Las mujeres realizan 2,6 veces más trabajo doméstico y de cuidados no remunerados que los varones.

Una de cada tres mujeres se enfrentará a la violencia a lo largo de su vida; sin embargo, los servicios públicos, la planificación urbanística y las redes de transporte raramente se diseñan teniendo en cuenta la seguridad y la movilidad de las mujeres.

Lograr la igualdad real de oportunidades y de trato entre mujeres y varones no es únicamente una cuestión de derechos humanos, también es condición necesaria para impulsar el desarrollo y crecimiento económico de los países. Al ritmo actual de cambio, se necesitarán 108 años para cerrar la brecha de género a nivel mundial, y 202 para lograr la paridad de género en el ámbito económico (Foro Económico Mundial, 2018). Por eso salimos a las calles, para acelerar este proceso.

Las normas internacionales han avanzado mucho desde la Primera Conferencia Internacional sobre la Mujer (México, 1975). A través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y de la Agenda 2030, la comunidad internacional asumió el ambicioso compromiso de asegurar su plena participación en la toma de decisiones económicas, sociales y políticas (ODS 5).

En 2017, en la XIII Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, se aprobó la implementación de la agenda regional de género, con vistas al cumplimiento de los objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible a nivel regional desde la perspectiva de la igualdad de género, la autonomía y los derechos humanos de las mujeres.

A nivel nacional, los debates sobre una mayor participación política de las mujeres alumbraron el concepto de democracia paritaria y la implementación de medidas afirmativas, como los gabinetes paritarios.

En países donde históricamente las mujeres no han tenido espacios de expresión pública, se observa una creciente articulación de sus demandas frente al Estado y un reclamo por más autonomía y libertad.

Esas expresiones de ciudadanía activa son condiciones necesarias para la profundización y consolidación de la democracia; sin embargo, también emerge en diferentes continentes una ola de reacción conservadora.

En Argentina se reglamentó la Ley de Paridad de Género en ámbitos de representación política nacional. No obstante, los obstáculos para la plena ciudadanía de las mujeres y para una igualdad sustantiva entre mujeres y varones persisten en todos los ámbitos.

Hay una agenda elaborada por el movimiento feminista en Argentina, a través de asambleas abiertas y participativas, amasada a lo largo de más de treinta años.

El feminismo viene a plantear el fin de una época. Se opone a toda forma de fundamentalismo y construye una ética de la pluralidad.

Si bien la inclusión de la perspectiva de género en los documentos internacionales en materia ambiental es lenta, no deja de ser una conquista del movimiento global de mujeres. En los actuales ODS la igualdad de género atraviesa los 17 objetivos. Ambientalismo y gobiernos han tenido que incorporar estas variables y sus respectivos indicadores, aunque no siempre lo hacen bien y muchas veces se incumplen.

El ecofeminismo, mucho más que una perspectiva de género

El ecofeminismo es mucho más que incorporar la perspectiva género. Es un movimiento social, político, filosófico y ético. Es la vertiente del feminismo que en el marco de dicha teoría y práctica política, y como movimiento social, plantea la necesidad de un cambio de paradigma frente al modelo patriarcal, con énfasis en su perspectiva extractivista como cara del androcentrismo.

Los grandes filósofos varones de nuestra cultura occidental moderna han elaborado el sustento de un modelo de desarrollo centrado en el hombre -varón portador de la ciencia, el saber y el poder- que hace uso de otros seres a los que infravalora y debe controlar. Han construido una lógica dualista/binaria para explicarlo todo en base a jerarquías (naturaleza – cultura, emoción – razón, mujer – varón, cuerpo – alma, humano – no humano, espacio público – espacio privado, trabajo productivo – trabajo reproductivo); lógica en la que las mujeres y la Naturaleza estamos del mismo lado, sin reconocimiento social y con desprecio al diferente o lo diferente.

Desde el ecofeminsimo nos planteamos que existen múltiples opresiones y que la liberación debe y puede darse simultáneamente. Las mujeres y la Naturaleza estamos oprimidas. Las mujeres somos naturalizadas y la Naturaleza es feminizada en un proceso que se retroalimenta en la descalificación, en una lógica binaria y jerarquizada del patriarcado extractivista. Así, el punto de partida del ecofeminismo es la crítica a esta forma de pensamiento.

Sin embargo, el ecofeminismo no es resultado de un discurso académico. Se forjó al calor de las luchas sociales de las mujeres, igual que los feminismos populares del hemisferio Sur. Desde los años 70, las mujeres se plantaron frente a la posibilidad de las guerras nucleares. Vinculaban la violencia contra las mujeres y los pueblos determinando la necesidad de revisar la relación entre los seres humanos y la Naturaleza. Luego denunciaron las industrias farmacéuticas y comenzaron a evidenciar los efectos no deseados y silenciados del modelo dominante.

Hay mujeres que llegan al feminismo desde las luchas sociales ambientales, para lo cual han contribuido en gran medida los Encuentros nacionales de mujeres que desde 1983 vienen haciéndose en todo el país. Hay otras que desde el movimiento de mujeres, y luego desde el feminismo, llegamos a la ecología, en contacto con las mujeres víctimas y protagonistas de los conflictos ambientales. El ecofeminismo surge del encuentro entre feminismo y ecologismo en el marco de las luchas populares.

Aunque hay cada vez mayor conciencia respecto de que hemos atravesado un umbral destructivo en el daño al planeta que pone en riesgo nuestra vida humana y, en general, la vida en la Tierra (el “antropoceno”), es menor la conciencia sobre las causas y su vinculación con el modelo capitalista neoliberal. El ecofeminsimo hace patente esa causalidad, la denuncia y se organiza para revertirla.

Por lo tanto, se trata no solo de incorporar una perspectiva de género sino una mirada feminista decolonial, un feminismo popular anticapitalista y antipatriarcal.

Red de ecofeministas. (Crédito: Senado de la Nación).

 

Hay una crisis civilizatoria: el sistema en el que estamos viviendo, que desplaza el sostenimiento de la vida poniendo en el centro la lógica de mercado, está en crisis. Hay una crisis socioecológica: se rompió el funcionamiento circular de la Naturaleza. No se tiene en cuenta el costo y se invisibiliza el uso de nuestros bienes comunes, a los que se considera “recursos” como si fueran infinitos. Lo mismo sucede con el trabajo “reproductivo” de las mujeres.

El actual modelo económico es insostenible: pretende crecer de manera ilimitada en la producción y el consumo de bienes y servicios en un planeta que tiene recursos limitados. El estilo de vida actual lleva al agotamiento de los recursos, a la contaminación, al cambio climático; a la explotación de unas regiones en favor de otras y/o al agotamiento para las generaciones futuras. Asimismo, en el plano social estamos sobreexplotando nuestros recursos humanos: detrás del supuesto “varón productivo” hay muchas tareas invisibilizadas realizadas por una o muchas mujeres en condiciones de precariedad.

El modelo actual resulta depredador e insostenible, no sólo con el ambiente sino también con la vida de gran parte de la humanidad, especialmente con la vida de mujeres, indígenas, migrantes y otras personas en situación de vulnerabilidad y/o con identidades no heteronormativas. El ecofeminismo -con sus diferentes tendencias- parte de esta crítica y ofrece teorías y prácticas de cambio. Propone otras epistemologías para escuchar a los pueblos originarios, los pueblos campesinos y las voces silenciadas de las mujeres. Critica un modelo de desarrollo que considera causante de todas las crisis ecológicas, de la desigualdad entre mujeres y varones y de la explotación de pueblos y territorios enteros. Además, busca y aporta soluciones para salir de ese modelo y encontrar modelos sostenibles, equitativos y justos.

Oportunidades de inclusión en el actual escenario político

Si se analizan las características del modelo de desarrollo argentino y los modelos que el capitalismo adoptó en nuestro país, se observa que están conduciendo a un “maldesarrollo” que presenta en común una matriz extractiva, “a la vez que alimentan una dinámica de despojo o desposesión de bienes naturales, de territorios y, por ende, de derechos individuales y colectivos” (Svampa y Viale, 2014). Así, en la megaminería, el fracking, el modelo sojero y el “extractivismo urbano”, se pone de manifiesto el rol protagónico que las corporaciones económicas y los grandes propietarios cumplen en la definición de lo que es legítimo e ilegítimo, de lo que es posible realizar y lo que no, de lo justo y lo injusto en lo que concierne a proyectos rurales y urbanos, actividades económicas, estilos de vida e identidades colectivas.

El extractivismo “designa el proceso de sobreexplotación de recursos o bienes naturales no renovables o agotables y la expansión de las fronteras de producción hacia territorios antes considerados improductivos” (Svampa, 2015). Esta sobreexplotación en Argentina no implica necesariamente generación de empleo ni mejores condiciones de vida para las comunidades que sufren sus impactos negativos. Por eso, en la actual coyuntura resulta auspiciosa la recuperación del rango del Ministerio de Ambiente y más aún la creación de un Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, así como la voluntad de diálogo en todos los ámbitos del nuevo Gobierno. Es una oportunidad y un desafío que estas nuevas institucionalidades lideren y conduzcan un cambio de paradigma.

Pero sin dudas lo más alentador es la movilización popular en defensa de los bienes comunes: pueblos enteros  en las calles, dispuestos a defender su derecho al ambiente sano y el Buen Vivir. Una nueva forma de democracia participativa que hace retroceder en sus desatinos a gobernantes y hasta logra revertir decisiones desafortunadas de los “representantes del Pueblo”.

La  agenda ecofeminista en la construcción colectiva ambiental como política de Estado

Consolidar el ecofeminismo en la agenda ambiental y las políticas públicas no implica simplemente hacer un listado de demandas o reclamos. La agenda ecofeminista  es una interpelación global y local para un cambio de paradigma en las formas de producción y consumo y en lo que se considera “producción” o creación de riqueza, porque pone en evidencia todos los presupuestos que el modelo capitalista oculta y que nos tienen a las mujeres como mano de obra/víctimas invisibilizadas.

Para revertirlo desde el ecofeminismo, la economía social solidaria y la economía feminista, pensamos en la necesidad de una economía por y para las personas, que ponga el cuidado y la vida en el centro de su organización, que respete los límites ecológicos para no agudizar las crisis sino tratar de mitigarlas, que respete los límites humanos con condiciones de trabajo dignas, sin falsas dicotomías entre trabajos productivos monetizados y reproductivos no monetizados y con la conciliación de los trabajos de cuidado compartidos.

El patriarcado aleja a los varones de la “ética del cuidado” al calor de la división sexual del trabajo. Una de las claves del ecofeminismo es aceptar que hay una relación de interdependencia entre los seres humanos y el cuidado está en la base de la comprensión del /la otro/a. De esa interdependencia pasamos a la ecodependencia con todos los seres vivientes. El cuidado es una cualidad fundamental. No es patrimonio de la ética feminista sino de una ética de la liberación del ser humano -sostiene Maristella Svampa.

Vandana Shiva, exponente del ecofeminismo del Sur, habla del “ecofeminismo de la supervivencia” en defensa de la vida, las semillas, los territorios, los árboles, etc. Hoy lo vemos en Argentina a lo largo de todo el territorio: en los feminismos populares, en las resistencias a la megaminería, a la expansión de la frontera sojera, a los agrotóxicos, a las mega represas, a la deforestación y el desmonte, al extractivismo urbano y en favor de la protección del patrimonio natural y cultural en las ciudades. Estas praxis demuestran que hay cosas que el dinero no puede comprar.

Las mujeres en estas luchas ponemos en valor la relación cuerpo – territorio. Las ecofeministas prácticas nos reapropiamos de la noción de cuerpo para reconectarnos con la Naturaleza por fuera de la lógica binaria. Defendemos la vida, sus ciclos y el equilibrio en la Naturaleza.

Las mujeres no somos las representantes privilegiadas de la Naturaleza pero podemos contribuir a un cambio sociocultural hacia la igualdad que permita que las prácticas del cuidado, históricamente femeninas, se universalicen; es decir, que sean también propias de los varones y se extiendan al mundo natural no humano.

Red de Defensoras del Ambiente en los Premios Berta Cáceres 2018. (Crédito: Senado de la
Nación).

 

Desde la Red de Defensoras del Ambiente y el Buen Vivir2 intentamos tender puentes entre los potentes feminismos antipatriarcales, que hoy han cobrado tanto vigor en Argentina en la lucha contra la violencia de género y por la autonomía en los derechos sexuales y reproductivos, para hacer visibles estas otras luchas del ecofeminismo popular. Aspiramos también a incidir en una nueva ética ambiental desde la “ética del cuidado” del feminismo, para recrear un nuevo lazo entre sociedad y Naturaleza.

Conclusiones: lazos y puentes entre la Justicia Ambiental y de Género

Las ecofeministas rescatamos saberes silenciados de las mujeres y el cuidado consciente y responsable de la vida como herramienta fundamental contra la violencia y como ética y propuesta orientadas hacia la sustentabilidad. Apoyamos la asunción de la plurinacionalidad por parte del movimiento de mujeres como antesala de su reconocimiento por parte del Estado argentino. Promovemos la aplicación de las normas del Buen Vivir como derecho vigente, con implicancias en la mejor comprensión del derecho ambiental. Defendemos la autonomía de las mujeres sobre sus cuerpos, en un contexto en el que las desigualdades sexuales son las principales causas de inequidad y violencia. Defendemos la democracia participativa y la autodeterminación de los pueblos sobre los territorios que habitamos en un contexto de saqueo y expoliación con graves daños a nuestra vida y la de las futuras generaciones. Avanzamos hacia un derecho ambiental ecofeminista.

Algunas de las consignas que hoy se extienden por América Latina como “Ni una menos”, “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, “La vida y nuestros cuerpos no son una mercancía” y “Ni la tierra ni las mujeres somos territorios de conquista” expresan, desde los feminismos tradicionales y desde los nuevos/otros feminismos (ecológicos, comunitarios, decoloniales), esta conciencia; toman espacio producto de la perseverante lucha del movimiento de mujeres y la creciente madurez política en búsqueda de mayor justicia de género.

Decidir sobre nuestros cuerpos, sexualidades, territorios y vidas no es negociable, como tampoco lo es la defensa de la Naturaleza de la que somos parte. Estamos deconstruyendo el Estado desde una perspectiva de género, para la construcción de un Estado ecofeminista.

Necesitamos con urgencia un cambio de paradigma en materia de política ambiental.

La ciencia y el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático son contundentes: quedan 12 años para modificar el rumbo, revertir el cambio climático y salvar el planeta.

El desafío es transversal y exige una visión estratégica en el modelo de desarrollo que se diseñe para las diversas regiones geográficas de nuestro país, considerando que el cambio climático representa un contexto situacional de desafío ambiental que afecta  todos los sectores económicos.

Estamos en la obligación de  iniciar una reconversión integral de los sistemas de producción.

Por eso desde la Red de Defensoras del Ambiente y el Buen Vivir consideramos urgente y exigimos al Estado Nacional, y los Estados provinciales y municipales, lo siguiente:

  • Profundizar una educación ambiental transversal que esté presente en todos los niveles y modalidades y tenga el mismo estatus que otras ramas del conocimiento.
  • Generar un cambio de concepción en la relación entre sociedad y Naturaleza. La resignificación de conceptos que nos permita cambiar el paradigma de que la Naturaleza está a nuestra disposición.
  • Resignificar conceptos de la mano de un uso más inclusivo del lenguaje que utilizamos para referirnos a la complejidad de los sistemas de la Biósfera, y también de la claridad en la expresión. El concepto obsoleto de “recursos naturales” es incompatible con la idea de un desarrollo sustentable.
  • Dar lugar a la reconversión del modelo capitalista. El modelo de desarrollo promovido por los Estados de la región, basado en industrias extractivistas, agronegocio industrial, megaminería, fracking, etc., representa el principal obstáculo para alcanzar los compromisos globales de conservación de la Naturaleza.
  • Elaborar e implementar políticas participativas que prioricen el respeto por el sistema natural, histórico y cultural.
  • Las áreas protegidas, dado su rol estratégico, deben ser resguardadas, incrementando los recursos económicos, materiales y humanos para su gestión. Su manejo debe estar en manos de los Estados nacionales, provinciales y municipales en concordancia con los intereses del pueblo y nunca bajo el control de organizaciones o empresas privadas.
  • Priorizar un tipo de producción que satisfaga a la población local y regional en primer lugar.
  • Fortalecer los mecanismos de control para el cumplimiento de las normativas vigentes.
  • Desarrollo en función del bienestar social que garantice la vida y la libertad para las generaciones futuras.
  • Un Estado nacional que reconozca y otorgue derechos constitucionales a la Naturaleza, para proteger y resguardar sus valores intrínsecos.

Durante miles de años los pueblos indígenas han aprovechado los sistemas naturales de forma sustentable y respetuosa, comprendiendo que dependen de ellos para subsistir. Valorizar prácticas ancestrales dará como resultado una alimentación sana y, por consiguiente, una sociedad más saludable.

Es necesario dejar de lado la mirada antropocéntrica imperante que justifica la explotación o protección de la Naturaleza en función de nuestro propio beneficio.

Desde nuestra perspectiva de mujeres defensoras del Ambiente y el Buen Vivir, convocamos políticamente a una cultura del cuidado y del ethos procomunal por la que todas las relaciones que acontecen en el planeta respondan a una racionalidad no capitalista, no explotadora, no ecodependiente, que respete los ciclos vitales y valore todo trabajo de reproducción de la sociedad y de la vida.

Queremos un modelo que mida el desarrollo del país en función de aspectos económicos de producción y consumo, con equidad en la distribución del esfuerzo y el bienestar, pero especialmente de la calidad de vida de nuestro pueblo, con la mirada puesta en el desarrollo pleno y feliz de todes sus habitantes.

1 Sumak kawsay (en kechwa), sumak kawasay (en kichwa) o suma qamaña (en aymara). En Ecuador se ha traducido como “Buen Vivir” aunque expertos en quechua señalan que la traducción más precisa sería “la vida en plenitud o la vida en esplendor, expresa lo supremo, la vida en el sistema comunitario”.

Vivir Bien o Buen Vivir, es la vida en plenitud. Es saber vivir en armonía y equilibrio, en armonía con los ciclos de la Madre Tierra, del cosmos, de la vida y de la historia, y en equilibrio con toda forma de existencia. Es el camino y el horizonte de la comunidad; implica primero saber vivir y luego convivir. El Buen Vivir se piensa en plural. Es decir, son “buenos convivires”. No se puede Vivir Bien si los demás viven mal, o si se daña la Madre Naturaleza. Implica comprender que el deterioro de una especie es el deterioro del conjunto.

2 Creada en el 32º Encuentro Nacional de Mujeres en Chaco en octubre del 2017, es una Red federal de relaciones para favorecer la colaboración solidaria, jurídica, política, económica y sanitaria de mujeres de toda Argentina, que protagonizan la defensa del ambiente y la construcción del Buen Vivir. Nos proponemos fortalecer actividades de difusión, concientización, incidencia política, así como diversas experiencias vinculadas a la defensa del derecho humano a un ambiente sano y al Buen Vivir.

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