Sofía María de Vedia
Asistente de Comunicación y Prensa (FARN). Lic. en Publicidad y especialista en comunicación digital.

6.3 La comunicación ambiental actual, ¿aliada u obstáculo?

RESUMEN EJECUTIVO

En el siguiente artículo presento un análisis sobre el lugar que ocupa la comunicación en el contexto actual de crisis ambientales y sociales. Repaso algunos cambios que esta fue atravesando a lo largo de los años; reflexiono sobre los intereses que atienden los medios de comunicación y respecto de algunos de los compromisos que tenemos que asumir, en este momento histórico, las personas que ejercemos como comunicadoras, así como también sobre la importancia de abandonar nuestros lugares habituales para ponernos al servicio del pueblo y sus reclamos.

Escribo desde la subjetividad de una observadora. Aporto la mirada fresca de quien todavía se siente principiante en el extenso mundo del ambientalismo, y propongo la que creo es la manera más adecuada para revertir la realidad ambiental que vivimos.

De democratizar el conocimiento se trata

Para hacer frente a la urgente crisis climática y ecológica que atraviesa nuestro planeta, no caben dudas de que se requiere la adopción de políticas transformadoras con objetivos ambiciosos y a largo plazo. Pero además, es vital el involucramiento y la dedicación de todos los sectores de la sociedad. Esto, claro está, nos comprende también a quienes, desde distintas áreas y ámbitos, nos dedicamos a la comunicación ambiental.

Nuestro trabajo nos ubica en una posición privilegiada, pues tanto las personas que se desempeñan en los medios, como quienes formamos parte de equipos de comunicación en organizaciones de la sociedad civil u otros sectores, tenemos acceso a información valiosa, fidedigna, potente; el conocimiento está al alcance de nuestra mano. Del mismo modo, también contamos con herramientas que facilitan la divulgación de nuestros mensajes. No solo tenemos la posibilidad de contactar, muchas veces, directamente con los grupos tomadores de decisiones, y de recabar testimonios de personas y grupos afectados por problemas ambientales, sino que también podemos llegar a una gran cantidad de gente que cada vez más quiere leernos, escucharnos, y que incluso nos busca por lo que tenemos para decir.

Sin embargo, y a pesar de la enorme responsabilidad que significa la tarea de informar y dirigirse a las audiencias, existe un desafío adicional para la comunicación ambiental. Las cuestiones ambientales suelen estar fuertemente cruzadas por intereses económicos con consecuencias en la independencia de los medios de comunicación. Es habitual que los medios de comunicación decidan hablar o callar ante determinada situación de relevancia, escudándose detrás del discurso de la libertad de expresión, cuando lo que en verdad están haciendo es defender los intereses de empresas más poderosas que los financian a través de la pauta publicitaria (Avella y Rincón, 2018). De esta manera, utilizan todos sus dispositivos para marcar la agenda en el sentido que mejor les convenga. Los comunicadores también se ven envueltos en complejas paradojas entre preservar sus fuentes de trabajo y actuar con independencia.

El involucramiento de la ciudadanía en los reclamos por la defensa del ambiente es un motor fundamental para impulsar la puesta en marcha de acciones efectivas y concretas por parte de los Estados. Tal como expresa Cussianovich (2015), es verdad que existe una “corrección política” por parte de las personas -así como de las empresas y los Gobiernos- frente a las problemáticas ambientales. El concepto de “corrección política” explica el mecanismo mediante el cual la gente asegura sentirse preocupada por el planeta solamente porque entiende que es esa la reacción esperada. Pero es cierto también que esa preocupación es cada vez más real y genuina y cada vez menos representa una posición apenas políticamente correcta. Gran parte de la sociedad ya se siente interpelada por la crisis ambiental, está dispuesta a cambiar hábitos y se preocupa por aportar de alguna manera a la causa y exigir a las autoridades lo que crea necesario. Sin embargo, lo que con frecuencia hace falta es información. La gente necesita percibir de manera tangible cuáles son las problemáticas ambientales existentes que nos rodean, entender cómo repercuten en nuestra vida diaria y conocer qué consecuencias traen. Las personas precisan hacerse de un conocimiento que en ocasiones no tienen disponible.

El motivo de esto último yace, en parte, dentro del propio mundo del ambientalismo y, en momentos como este en que no es posible contar con el apoyo de los medios de comunicación preponderantes porque se están ocupando de servir a los intereses económicos de grupos empresarios, cabe hacer un mea culpa. Es habitual que las conversaciones y debates relativos a la grave realidad de nuestro planeta se den únicamente dentro de un círculo cerrado, fiel, activo y con absoluto interés en la temática, que está integrado por organizaciones de la sociedad civil, investigadores, prensa especializada independiente, entre otros. En todo caso cuando las noticias trascienden estos círculos, es generalmente porque se trata de catástrofes, a su vez maquilladas para atraer más lectores. Es momento de revertir esta situación, de abrir el juego y hacer partícipe a la sociedad en general, entendiendo la importancia que tiene un pueblo empoderado con información para que sus reclamos redunden en acciones y políticas de Estado.

Es en este contexto que nuestra responsabilidad como agentes comunicadores se vuelve ineludible. Siempre con la innegociable convicción de que trabajamos en pos de la defensa del ambiente y los derechos humanos, nuestra labor tiene que teñirse de un rol de “traducción”. Debemos lograr bajar todo ese conocimiento técnico generado por especialistas, y colocarlo en un terreno más concreto, al alcance de todas las personas. Debemos dejar de lado las palabras difíciles y empezar a difundir mensajes claros que inviten a la acción. El desafío consiste en comunicar problemas complejos en lenguaje y formas sencillas, pero sin desvirtuar su contenido. Tenemos la urgente tarea de democratizar la información que se desprende de años y años de investigación, de destapar la información tendenciosa o parcial, ya que esta información tiene el potencial de ser usada por los distintos actores sociales para ponerle un freno a tanto daño ambiental; pero que de poco sirve si queda encapsulada entre unos pocos.

Las nuevas formas de comunicar

Desde finales del siglo pasado, los medios de comunicación y las formas de divulgar y consumir información se han visto fuertemente alteradas por la expansión tecnológica, la aparición de internet y más específicamente por el auge de las redes sociales. Su crecimiento significó que los medios tradicionales dejaron de ser las principales -o únicas- fuentes de generación y divulgación de contenidos. La comunicación dejó de responder al clásico modelo verticalista y unidireccional, en el que solamente unos pocos producían y distribuían la información, y mutó hacia a otro en el que coexisten múltiples generadores de contenido, e incluso la propia audiencia puede llegar a definir la agenda. Dejó de ser simplemente receptora, para pasar a ocupar también el lugar de emisora.

Como consecuencia del surgimiento de este nuevo esquema comunicacional -más horizontal y multidireccional-, nace lo que popularmente se conoce como “periodismo ciudadano”. Como ya se mencionó, este sienta sus bases en el hecho de que cualquier persona tiene el poder de generar o replicar contenidos de manera muy sencilla y en cuestión de segundos. Es preciso preguntarse, entonces, dónde queda la rigurosidad científica de todo aquello que se afirma, qué importancia se le da a la veracidad de las fuentes. En la era de la hiperconectividad, se cree que tener una primicia, generar el contenido más llamativo, o capturar segundos de la atención de un usuario inmerso en un océano de estímulos, importa a tal punto que se habilita un riesgoso “vale todo” y, en ese afán, se abandonan cuestiones tan básicas y fundamentales como es el compromiso a la divulgación de la información respaldada con datos. Por supuesto que estos puntos, por demás importantes, no deben perderse de vista y es preciso trabajar de manera constante para minimizarlos, respondiendo con pruebas ante la diseminación de noticias falsas o vacías de sustento.

Ahora bien, dejando de lado el debate totalmente válido respecto de qué hacen las compañías tecnológicas con los datos que recopilan de sus usuarios y cómo usan sus algoritmos para “segmentar” qué contenido se le muestra a cada individuo, y enfocándonos únicamente en las virtudes de las redes sociales como canales de comunicación, cabe decir que estas representan, hoy por hoy, una importante expresión de la democratización de la información. Hay tres características primordiales que dan cuenta de ello. La primera es la masividad. Las redes sociales registran miles de millones usuarios en todo el mundo, que están interconectados entre sí. Esto genera redes inmensas que permiten multiplicar exponencialmente la información. En segundo lugar, está la inmediatez. Difundir mensajes es muy sencillo y es posible relatar todo lo que pasa prácticamente en el instante en que está sucediendo. Por último, la accesibilidad es innegable. La inmensa mayoría de las personas que habitamos la Tierra tenemos la puerta de entrada a estos volúmenes impresionantes de información, literalmente en la palma de la mano: ingresamos varias veces por día a verificar nuestras redes, simplemente haciendo unos pocos clics en nuestros teléfonos celulares. Ello, sin perjuicio de que persistan casos de falta de acceso a conectividad y redes, en nuestro país y en el mundo entero.

De este modo, las redes sociales y todas las nuevas herramientas tecnológicas se convierten en aliadas indispensables para la comunicación ambiental. Juegan un papel clave en la distribución de la información dentro de la sociedad y favorecen el tejido de redes de contención (Walter, 2008). Nos dan la oportunidad de estar en contacto con un público muy amplio y diverso y nos permiten tomar las pulsaciones de la sociedad en general. Nos posibilitan encontrarnos con aquellas personas que viven en carne propia las consecuencias de la falta de políticas en favor del ambiente cuando, por ejemplo, se enfrentan con que diversas empresas pretenden instalarse en sus territorios -sin ser consultadas y sin evaluaciones de impacto ambiental adecuadas- para realizar actividades que lo degradan o que comprometen la disponibilidad de bienes naturales. Nos acercan a las juventudes que saben que su futuro y la posibilidad de gozar de un ambiente sano ya fueron hipotecados. Nos conectan con pueblos y comunidades que se movilizan casi silenciosamente para reclamar que se garanticen sus derechos. En fin, habilitan la unidad entre grupos que se sienten atravesados por la crisis ecológica y que quieren actuar para generar cambios profundos.

Si nos referimos a los beneficios que representan los canales sociales para la comunicación ambiental, es menester resaltar también el uso que se hace de ellos para disciplinar la opinión pública respecto de algunas temáticas o desplazar algunas voces opositoras. Un estudio realizado por Amnistía Internacional (2018), reveló que personas y organizaciones defensoras de los derechos humanos fueron blancos recurrentes de agresivos ciberataques o acciones de trolling. Estas operaciones cuentan con el apoyo de determinadas figuras reconocidas de la escena política, económica y social, cuyos intereses se alinean con determinados sectores, combinado con la utilización de trolls y bots. De esta manera, logran interferir en la proliferación de opiniones y conducen a la autocensura de las voces disidentes.

Cuando la ciudadanía nos dice de qué hay que hablar

Durante 2019, tres hechos puntuales demostraron cómo distintos grupos sociales instalaron la cuestión ambiental en la cotidianeidad de las redes sociales, al punto de lograr impactar, a posteriori, en los medios tradicionales de comunicación.

El primero de ellos fue la ocurrencia de incendios sin precedentes en la Amazonía en agosto último, que destruyeron cientos de hectáreas de lo que se conoce como el “pulmón del mundo”. En Brasil, según datos del Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE), los focos de incendio ese mes de 2019 prácticamente duplicaron las cifras correspondientes al año anterior. Sin embargo, en lo que se entendió como un intento por parte del Gobierno brasileño de no atender a lo que estaba sucediendo, transcurrieron varios días hasta que por fin los grandes medios comenzaron a ocupar sus portadas con este tema. Para ese entonces, en las redes sociales ya se había instalado hacía rato el hashtag #PrayForAmazonas como primera tendencia mundial y eran los propios usuarios quienes informaban y actualizaban respecto de la situación. Luego de cobrar tanta visibilidad en el plano digital, las noticias empezaron a ser replicadas y tratadas por los medios.

Imagen aérea de los incendios en el Área de Protección Ambiental Jamanxim, ciudad de Novo
Progresso, estado de Pará, Brasil. (Crédito: © Victor Moriyama / Greenpeace).

 

El segundo hito clave fue el suceso de las movilizaciones de jóvenes, encabezadas por la activista sueca de 16 años, Greta Thunberg. A lo largo de todo el 2019, adolescentes del mundo entero se autoconvocaron cada viernes para dar forma a los reclamos dirigidos a las autoridades de sus países y exigir que estas se comprometieran a hacer lo que fuera necesario para frenar de manera inmediata el avance del cambio climático. Así, con la fuerza que caracteriza a quienes están en esa etapa de la vida en la que se tiene la certeza de que todo lo que uno se proponga, se puede conseguir, y sirviéndose del poder multiplicador de las redes sociales, lograron, en septiembre, movilizar a cuatro millones de jóvenes a lo largo y ancho de todo el planeta, bajo la consigna “¡acción climática ya!”. Las juventudes llegaron lejos. Pusieron la urgencia que supone el cambio climático en la agenda mediática, se ganaron su lugar en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y dejaron claro que no van a aceptar promesas poco ambiciosas. En nuestro país, incluso, fueron por más: su empuje fue indispensable para que el Congreso aprobara, en noviembre, la ley de presupuestos mínimos para la adaptación y mitigación al cambio climático.

El último de los sucesos destacados se dio en Argentina, en el plano sub-nacional y fue la lucha y la victoria del pueblo mendocino en defensa del agua. Los últimos días de diciembre, la legislatura aprobó un proyecto enviado por Rodolfo Suárez, flamante gobernador de Mendoza, que modificaba la Ley 7722. Dicha norma había sido sancionada en 2007 -tras varios años de lucha popular- con el objetivo de cuidar el agua (un recurso tan vital como escaso en esa provincia) de las amenazas que representa la minería. Este hecho, entendido por la ciudadanía como un claro paso del Gobernador para favorecer los negocios de las compañías mineras, desató un descontento generalizado entre la ciudadanía, que no dudó ni un minuto en volcarse a las calles para expresar su rechazo. Una vez más, el mundo virtual se volvió un reflejo del real. Durante casi una semana, mendocinos y mendocinas marcharon con su grito en alto. Al mismo tiempo, las consignas #LaLey7722NoSeToca y #ElAguaDeMendozaNoSeNegocia ocupaban los primeros lugares en las tendencias nacionales de Twitter. Rápidamente trascendió los límites de la provincia y todo el país brindó su apoyo a Mendoza. Fue tal el clamor popular, que Suárez no tuvo otra opción que dar marcha atrás y derogar la modificación aprobada apenas unos días antes. De esta manera, el pueblo mendocino protagonizó así uno de los capítulos más trascendentales en la historia ambiental argentina.

Las manifestaciones que, día tras día, se sucedieron de manera pacífica, encontraron eco y masificación en las redes sociales, que amplificaron el mensaje más allá de los medios locales y lograron darle un lugar en la agenda mediática nacional y hasta en el plano internacional. Así, medios que hasta ese momento habían optado por obviar el tema, o bien por relatar cuestiones laterales del conflicto para evitar poner el foco en las aristas verdaderamente relevantes, la legitimidad del reclamo y las intenciones del Gobierno provincial detrás de su proyecto modificatorio, no tuvieron más remedio que, poco a poco, incorporar otras miradas y variables.

Al analizar estos tres hechos en conjunto, se puede observar con claridad que tienen una raíz en común: todos ellos nacieron como reclamos de la ciudadanía, al verse envuelta en situaciones críticas puntuales relacionadas con cuestiones ambientales. La labor de comunicadores, prensa especializada, activistas, organizaciones no gubernamentales (ONG), fue -y es, en todos los casos como estos- entrar en escena para formar parte de las conversaciones, aportar, sumar, disipar dudas, informar. Nuestra responsabilidad reside en tomar los reclamos populares, que son de por sí valiosos porque reflejan el sentir y las necesidades de los pueblos, en amplificar los mensajes a públicos que los desconoce, tejer puentes y si fuera necesario, completar con la información necesaria. Se trata de poner todas nuestras herramientas y predisposición a su servicio, para alcanzar efectos más poderosos.

Marcha mundial contra el cambio climático en Buenos Aires. Septiembre 2019.
(Crédito: Archivo FARN).

 

Reflexiones finales

La grave realidad ambiental que afecta nuestro planeta es una problemática urgente que atañe a todas las personas, y cada sector de la sociedad tiene su propia responsabilidad en la ardua tarea de revertir la crisis ecológica.

La cuestión ambiental muchas veces choca contra la realidad de intereses económicos de grupos empresarios y políticos que se valen de los medios de comunicación para acallar reclamos.

Haciéndonos cargo del lugar de privilegio en el que nos sitúa nuestra profesión, quienes nos dedicamos a comunicar y conservamos la autonomía para expresarnos libremente, debemos comprometernos a garantizar a la sociedad el acceso a la información clara, simple y valiosa. Es nuestro deber ofrecer y poner a disposición todos los medios y herramientas que tenemos a nuestro alcance para favorecer la amplificación de investigaciones científicas y luchas populares que tengan como objetivo último la protección del ambiente.

Del mismo modo, debemos adaptarnos a las nuevas formas de comunicación que proponen los avances tecnológicos y acompañar a una ciudadanía que ha tomado la posta de los reclamos ambientales y se vale de los canales digitales para expresarse.

En la lucha por la defensa del ambiente, todos los sectores necesitamos unos de otros, pues no se pueden conquistar derechos sin un enfoque integral y diverso.

Bibliografía:

Amnistía Internacional (2018). El debate público limitado. Trolling y agresiones a la libre expresión de periodistas y defensores de los derechos humanos en Twitter Argentina. Recuperado de: https://amnistia.org.ar/wp-content/uploads/delightful-downloads/2018/03/online-pre1.pdf

Avella, E. y Rincón, O. (2018). El poder mediático sobre el poder. Nueva Sociedad (276). Recuperado de: https://nuso.org/articulo/el-poder-mediatico-sobre-el-poder/

Cussianovich, E. (2015). Las actitudes políticamente correctas en favor del ambiente, Informe Ambiental FARN 2015 (pp. 301-312).

Walter, M. (2008). Nuevos conflictos ambientales mineros en Argentina. El caso Esquel (2002-2003). Revista Iberoamericana de Economía Ecológica. Vol. 8. (2008). REDIBEC, 2008. Recuperado de: http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/engov/20130828052512/rev8_02.pdf

Compartir en redes sociales

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin