Dilys Roe

Es una de las investigadoras principales del Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo (IIED, por sus siglas en inglés), laboratorio de ideas para el desarrollo sustentable con base en Reino Unido y organización asociada a la IIED de América Latina con base en Buenos Aires. También, presidenta del Grupo para el Uso Sustentable de la Biodiversidad y Medios de Vida de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Los principales intereses de Roe son la conservación con enfoque en los derechos humanos y el desarrollo económico local basado en la vida silvestre.

4.1 Lo que el COVID-19 nos dice sobre la biodiversidad y el desarrollo

RESUMEN EJECUTIVO

Se suponía que 2020 iba a ser un “superaño” para la naturaleza. Estaban previstas cumbres mundiales sobre el cambio climático, la biodiversidad y el desarrollo sustentable. Las interconexiones entre las tres agendas eran muy importantes. El COVID-19 puso fin a las cumbres de 2020, causó daños sociales y económicos incalculables en todo el mundo y abrió grietas en la comunidad conservacionista en cuanto a cuál era la mejor manera de reaccionar. Sin embargo, al mismo tiempo, incentivó reflexiones fundamentales sobre la relación entre las personas y la naturaleza. El Compromiso de Líderes Políticos por la Naturaleza compromete a los países a poner al ambiente en el centro de las estrategias de recuperación del COVID-19 y a desarrollar un Marco Mundial de la Diversidad Biológica posterior a 2020 transformativo y ambicioso. En 2021, el tiempo dirá si aprovechamos la oportunidad de “reconstruir mejor” o si seguimos como de costumbre y nos quedamos sentados a esperar que llegue la próxima pandemia.

La crisis de la biodiversidad 

La naturaleza produce y ofrece una amplia variedad de bienes y servicios de los que depende la humanidad, desde aire puro y agua potable hasta suelo fértil y alimentos. La pérdida de la biodiversidad debilita la capacidad de los ecosistemas para funcionar de forma efectiva y eficaz, y, por consiguiente, afecta la capacidad de la naturaleza de proporcionarnos un entorno saludable (Cardinale et al., 2012). Esto es relevante, sobre todo, en un clima cambiante en el que la pérdida de la biodiversidad reduce la resiliencia de la naturaleza frente al cambio (Isbell et al., 2015).

El desafío que supone la pérdida de la biodiversidad es algo que se conoce desde hace décadas y, por ello, se llegó al Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) de las Naciones Unidas en la Cumbre de la Tierra de Río en 1992. Sin embargo, la necesidad de accionar para hacer frente a la pérdida de la biodiversidad no ha obtenido suficiente atención política hasta el momento. Esto ha sido así a pesar de que en 2019 los mensajes atroces provenientes de un informe global acerca del estado de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos del mundo (IPBES, 2019), junto con lo que Nature (2019) describe como “la influencia indiscutible de una ‘tormenta perfecta’ de concientización ambiental”, tuvieron éxito en llamar la atención política y en plantear a la pérdida de la biodiversidad como una crisis de la misma magnitud que el cambio climático (Watson, 2020).

 

La nueva crisis 

Se suponía que 2020 iba a ser un “superaño” para la naturaleza, lo que representaría el punto culminante para un reconocimiento creciente sobre una inminente emergencia planetaria. Estaban previstas cumbres mundiales acerca del cambio climático, la biodiversidad y el desarrollo sustentable, y las interconexiones entre las tres se encontraban en el centro de atención. Pero luego, como es de público conocimiento, apareció una nueva enfermedad en China, que se convirtió en una pandemia mundial para 2020. El COVID-19 le puso fin al “superaño” para la naturaleza en lo que respecta a cumbres mundiales, muchas de las cuales se pospusieron para 2021.

La interrupción de los encuentros mundiales fue un impacto trivial del COVID-19. La pandemia ocasionó (y continúa ocasionando) daños sociales y económicos incalculables en todo el mundo. Los países con menores ingresos fueron los menos capaces de soportar el golpe (UNCTAD, 2020). Muchos de esos países dependen de la naturaleza para sostener su desarrollo económico y, en especial, del turismo de naturaleza, un motor fundamental para la creación de puestos de trabajo e incluso para la conservación. Por ejemplo, el turismo es el mayor contribuidor financiero de las áreas protegidas (Spenceley et al., 2017). El repentino colapso de la industria internacional del turismo representa una grave amenaza tanto para la conservación como para el desarrollo en muchos países (Lindsey et al., 2020).

Mientras el mundo detenía su ritmo, el COVID-19 produjo algunos efectos positivos para la naturaleza debido a la reducción de las prácticas humanas y de la contaminación sonora y atmosférica. Pero también produjo efectos negativos, como la persecución de los murciélagos1 (la presunta fuente de la enfermedad). Algunas respuestas al COVID-19 también generaron efectos variados en la naturaleza y en las personas. 

Una de las respuestas más consistentes relacionadas con la conservación fueron los pedidos para prohibir el uso, comercialización y consumo de la vida silvestre. Las consecuencias de esas prohibiciones sirvieron para reducir riesgos por la pandemia, pero, por otra parte, afectaron a aquellos que producen y consumen carne de animales silvestres por razones culturales y de salud, y que dependen de ello para su sustento económico. Es el caso de muchos países en los que la carne de animales silvestres constituye una parte fundamental en la seguridad alimentaria de miles de pueblos indígenas y comunidades locales (IPLC, por sus siglas en inglés) (Roe et al., 2020).

Sí, el COVID-19 generó mucho revuelo tanto en comunidades conservacionistas como en comunidades para el desarrollo. Sin embargo, a pesar de que causó estragos, la pandemia mundial incentivó reflexiones fundamentales sobre la relación entre las personas y la naturaleza. Aunque los murciélagos sean los principales sospechosos, los orígenes exactos de la pandemia aún no han sido confirmados, incluso luego de la misión de cuatro semanas que un equipo de la Organización Mundial para la Salud (OMS) llevó a cabo en China para realizar estudios a principios de 2021.2 Se concluyó, sin embargo, que identificar el origen del virus es apenas “la punta del iceberg”3 y que la destrucción de la naturaleza producida por la humanidad se lleva gran parte de la culpa. 

Existe un riesgo mucho mayor de transmisión de COVID-19 y otras enfermedades zoonóticas cuando las personas y el ganado entran en contacto estrecho con vida silvestre que no encontrarían de manera natural. Ese contacto puede ocurrir debido a la caza, comercialización y consumo de animales silvestres, pero se produce con mayor frecuencia por la pérdida del hábitat natural de esas especies, causada por la deforestación y el uso de los suelos para la agricultura (Allen et al., 2017; Jones et al., 2008). En otras palabras, muchos de los causantes de la aparición de enfermedades son los mismos que los de la pérdida de la biodiversidad. 

 

Del fin a la esperanza 

Desde hace años, se habla acerca de la necesidad de afrontar la pérdida de la biodiversidad. Irónicamente, el año 2020 marcaba el fin del Decenio de las Naciones Unidas sobre la Biodiversidad,4 en el que se esperaba que se hicieran grandes progresos. Al comienzo del decenio, en 2010, los casi 200 países que constituyen las Partes del CDB se comprometieron a tomar medidas para alcanzar 20 metas ambiciosas que se acordaron en Aichi, Japón. Sin embargo, al final del decenio, una evaluación comparativa de los progresos de las Metas Aichi publicada en Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica 5 recalcó que ninguna de las metas se cumplió en su totalidad, que la biodiversidad está disminuyendo a un ritmo sin precedentes y que las presiones que causan la disminución se están intensificando (SCBD, 2020).

¿Será que el brote de COVID-19 terminará por hacer algún bien al dar un carácter de urgencia real a la pérdida de la biodiversidad y atraer la atención política, de la misma forma que el cambio climático atrajo la atención política de altos niveles e impulsó la acción empresarial? Hay motivos para tener esperanza.

Entre ellos, el principal es que uno de los eventos que sí tuvo lugar en 2020 fue la Cumbre de la Biodiversidad de las Naciones Unidas, de la cual surgió el Compromiso de Líderes Políticos por la Naturaleza,5 que fue firmado por 80 países (aunque no firmaron China, que sería anfitriona de la siguiente Conferencia de las Partes del CBD, ni la Argentina). 

El Compromiso reconoce explícitamente el quiebre de la relación entre las personas y la naturaleza, y remarca la necesidad de un cambio transformativo. Compromete a los países a poner al ambiente en el centro de las estrategias de recuperación del COVID-19. Los compromete también a desarrollar e implementar un Marco Mundial de la Diversidad Biológica (GBF, por sus siglas en inglés) posterior a 2020, transformativo y ambicioso, en la Conferencia de las Partes (COP15), y menciona que, a menos que se detenga y se revierta, la pérdida de la naturaleza amenazará la resiliencia económica, social y política, así como la estabilidad mundial, y debilitará los logros de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

¿El Marco Mundial de la Diversidad Biológica posterior a 2020 está a la altura de las circunstancias para detener y revertir la pérdida de la biodiversidad y contribuir al desarrollo humano? El GBF vincula explícitamente la biodiversidad, el bienestar y el sustento humano, en particular con respecto a las personas más pobres y vulnerables. Uno de los objetivos del GBF, por ejemplo, es resaltar la importancia de “garantizar los beneficios de la biodiversidad, tales como una mejor nutrición, seguridad alimentaria, sustento, salud y bienestar”. Otros objetivos del GBF reconocen específicamente el potencial de “soluciones basadas en la naturaleza y enfoques basados en ecosistemas” para la mitigación y adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres, además de resaltar la importancia de la conservación y el manejo sustentable en la agricultura y otros ecosistemas gestionados.6 

Pero hay otros objetivos que causan una división entre quienes se preocupan por la conservación y quienes se preocupan por el desarrollo, en particular por el destino de IPLC. El principal entre esos objetivos es el que propone que el 30% de las tierras del mundo sean declaradas áreas protegidas para 2030. La relación entre la población y las áreas protegidas tiene una historia larga y accidentada. Algunos han documentado cómo las áreas protegidas pueden ser causantes importantes en la reducción de la pobreza y la mejora del bienestar (como Naidoo et al., 2019), mientras que otros destacan los desalojos, la reducción al acceso a recursos críticos para la subsistencia y las violaciones a los derechos humanos (Tauli-Corpuz et al., 2020). Un artículo reciente sobre la meta “30×30” provocó algunas respuestas enérgicas de aquellas personas preocupadas por los potenciales impactos negativos en las poblaciones locales.

El Informe IPBES 2019 sobre la Evaluación Global de la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos señaló cómo, aunque la pérdida de la biodiversidad sucede en todas partes, se da con mayor lentitud en tierras que están gestionadas por pueblos indígenas y comunidades locales o son de su propiedad. Sin embargo, los ILPC muchas veces tienen dificultades a la hora de tomar decisiones, ya que sus derechos para gestionar tierras y recursos suelen ser ignorados o pasados por alto; por lo tanto, sus capacidades para proteger la biodiversidad, el sustento y la cultura se ven comprometidas. 

El GBF posterior a 2020 no alcanza por ahora a satisfacer cuestiones de equidad y derechos. Esto es algo que tiene que fortalecerse, tanto para asegurar la continuidad de las intervenciones que se establecen a fin de conservar, recuperar o detener la pérdida de la biodiversidad como para asegurar un desarrollo equitativo, justo y sustentable. El concepto de un enfoque “basado en derechos” a la conservación ya está reflejado en el derecho ambiental internacional y podría integrarse bien en el GBF.

Al transitar el año 2021, el tiempo dirá si fue un punto de inflexión hacia una mejor relación con la naturaleza y hacia formas más sustentables y equitativas. Esto no va a reflejarse solo en la versión final del GBF y el nivel de ambición e inclusión que presente—, sino también en las formas en las que el mundo busque “reconstruirse mejor” después del COVID-19. Hay mucha atención puesta en las llamadas estrategias “de recuperación verde” que sí reconocen la importancia de la naturaleza y su rol en el cumplimiento de un desarrollo sustentable y resiliente. Será un gran desafío si la necesidad de “crecimiento económico a toda costa” sigue siendo dominante. Reconstruir “mejor” implica un cambio transformativo en nuestro sistema económico mundial, nuestros sistemas alimenticios y nuestros sistemas de comercio. Implica cambios en subsidios e instrumentos fiscales, en la producción y el consumo. Es un gran cambio político. ¿Nuestros gobiernos están listos para enfrentar el desafío? ¿O vamos a tomar la salida fácil y seguir como de costumbre hasta que llegue la próxima pandemia?

1https://news.mongabay.com/2020/05/bats-resistant-to-viruses-but-not-to-humans/

2https://fortune.com/2021/02/10/who-wuhan-lab-china-covid-origin/

3https://www.theguardian.com/environment/2020/mar/18/tip-of-the-iceberg-is-our-destruction-of-nature-responsible-for-covid-19-aoe

4https://www.cbd.int/2011-2020/

5https://www.leaderspledgefornature.org/

6Al momento de escribir este artículo, esto se está negociando. Los objetivos pueden cambiar. El texto actual está disponible en: https://www.cbd.int/conferences/post2020/post2020-prep-01/documents

 

Bibliografía:

https://www.campaignfornature.org/protecting-30-of-the-planet-for-nature-economic-analysis

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Allen, T., et al. (2016). Global correlates of emerging zoonoses: anthropogenic, environmental, and biodiversity risk factors. International Journal of Infectious Diseases, 53S:4-163.

Cardinale, B. J., et al. (2012). Biodiversity loss and its impact on humanity. Nature, 486:59-67.

IPBES (2019). Global assessment report on biodiversity and ecosystem services of the Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services. IPBES secretariat, Bonn, Alemania.

Isbell, F., et al. (2015). Biodiversity increases the resistance of ecosystem productivity to climate extremes. Nature, 526:547-577.

Jones, K. E., et al. (2008). Global trends in emerging infectious diseases. Nature, 451:990-993.  

Lindsey, P., et al. (2020). Conserving Africa’s wildlife and wildlands through the COVID-19 crisis and beyond. Nature Ecology and Evolution. https://doi.org/10.1038/s41559-020-1275-6.

Naidoo, R., et al. (2019). Evaluating impacts of protected areas on human well-being across the developing world. Science Advances 5 (4):eaav3006. doi: 10.1126/sciadv.aav3006. 

Nature Ecology and Evolution (2019). Biodiversity centre stage. Nature Ecology and Evolution 3, 861. Disponible en: https://doi.org/10.1038/s41559-019-0922-2

Roe, D., et al. (2020). Beyond banning wildlife trade: COVID-19, Conservation and Development. World Development, 136, 105121.

SCBD (2020). Global Biodiversity Outlook 5. Secretariat of the Convention on Biological Diversity, Montreal.

Spenceley, A., et al. (2017). Guidelines for tourism partnerships and concessions for protected areas: Generating sustainable revenues for conservation and development. Report to the Secretariat of the Convention on Biological Diversity and IUCN.

Tauli-Corpuz, V., et al. (2020). Cornered by PAs: Adopting rights-based approaches to enable cost-effective conservation and climate action. World Development, 130, 104923. doi: 10.1016/j.worlddev.2020.104923,

UNCTAD (2020). The Covid-19 Shock for Developing Countries. UNCTAD/GDS/INF/2020/2 Disponible en: https://unctad.org/en/PublicationsLibrary/gds_tdr2019_covid2_en.pdf

Watson, R. (2020). Loss of biodiversity is just as catastrophic as climate change. Disponible en: https://www.theguardian.com/commentisfree/2019/may/06/biodiversity-climate-change-mass-extinctions

 

Si querés conocer los impactos del sistema agroindustrial sobre la biodiversidad, seguí con el artículo “El fuego, otra ‘estrella’ en el cielo del agronegocio”, de María Marta Di Paola y Guillermina French o con “Agricultura industrial y naturaleza: cada año menos país…”, de Walter Pengue

También te recomendamos leer el artículo “Agroecología: ¿producción de alimentos saludables o producción de commodities?”, de Elizabeth Jacobo para conocer las oportunidades que brinda la agroecología como una alternativa al modelo tradicional.

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