Los hidrocarburos y los combustibles fósiles constituyen uno de los principales grupos de determinantes ambientales de enfermedad a nivel global. Su extracción, procesamiento, transporte, uso y disposición final generan una amplia variedad de contaminantes, con efectos adversos sobre múltiples órganos y sistemas de los seres vivos.
La exposición a estos compuestos se asocia con enfermedades respiratorias, neurológicas, cardiovasculares, hematológicas, renales, reproductivas y oncológicas, afectando especialmente a poblaciones vulnerables como infancias, embarazadas, trabajadores expuestos y adultos mayores.
¿Qué son los hidrocarburos?
Los hidrocarburos son compuestos orgánicos formados por carbono e hidrógeno que incluyen tanto sustancias naturales como derivados del petróleo. Constituyen la base de los combustibles fósiles, incluyendo carbón, petróleo y gas natural, los cuales continúan siendo la principal fuente de energía global.
Son elementos centrales en nuestra vida cotidiana y tanto ellos como sus derivados son utilizados en la industria y en los hogares.
La cadena de valor de los combustibles fósiles —desde la extracción hasta la combustión y disposición de residuos— genera contaminación del aire, agua y suelo, liberando compuestos tóxicos que afectan la salud humana. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación ambiental representa uno de los principales factores de riesgo de mortalidad global.
Durante la extracción de combustibles fósiles se liberan sustancias como benceno, metales pesados, materiales particulados, materiales radiactivos naturales, metano y compuestos orgánicos volátiles. Estos compuestos pueden ser precursores de otras sustancias, como el ozono troposférico, asociado al asma, al EPOC y a una mayor mortalidad cardiovascular y respiratoria.
Impacto medioambiental y sus implicancias en la salud
Los combustibles fósiles contribuyen significativamente a la contaminación ambiental. Los hidrocarburos reaccionan fácilmente con el ozono para formar compuestos de radicales libres que se combinan entre sí, con otros contaminantes y con elementos propios del aire para formar el smog fotoquímico, que afecta a plantas y animales.
Los óxidos de nitrógeno, generados principalmente por la quema de combustibles fósiles, y los gases halogenados, que sufren modificaciones químicas por unión a otras moléculas de gases presentes en la atmósfera, intervienen en el ciclo del ozono. A su vez, los óxidos de azufre, también liberados en la quema de combustibles fósiles, generan las lluvias ácidas. Los gases de carbono, por su parte, son los principales responsables del calentamiento global.
Una revisión sobre contaminantes atmosféricos peligrosos (HAP) emitidos durante las distintas etapas iniciales de la producción de petróleo y gas identificó la liberación de compuestos como 1,3-butadieno, benceno, cumeno, formaldehído, sulfuro de hidrógeno, mercurio, metanol, estireno, tolueno y xilenos.
Según la OMS, la contaminación atmosférica produce 2 millones de muertes prematuras por año, afectando en mayor medida a las personas que habitan en países de ingresos económicos medios y bajos. Además, se estimó que entre 9 y 23 millones de las visitas a salas de emergencia por asma producidas a nivel mundial en 2015 pueden atribuirse al ozono troposférico (O₃), y eso representa entre el 8 y el 20% del número anual de visitas a hospitales a nivel mundial.
Disminuir las emisiones, fortalecer la regulación, promover energías más limpias y proteger a las poblaciones vulnerables constituye una estrategia esencial para mitigar una de las principales amenazas contemporáneas para la salud global y la sostenibilidad del planeta.